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Junio 02, 2019 23:39 hrs.

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Lunes 3 De Junio 2019
Memoria de San Carlos Lwanga y compañeros, mártires


La Palabra de Dios

Primera lectura
Hch 19, 1-8
En aquellos días, mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó las regiones altas de Galacia y Frigia y bajó a Éfeso. Encontró allí a unos discípulos y les preguntó: "¿Han recibido el Espíritu Santo, cuando abrazaron la fe?" Ellos respondieron: "Ni siquiera hemos oído decir que exista el Espíritu Santo". Pablo replicó: "Entonces, ¿qué bautismo han recibido?" Ellos respondieron: "El bautismo de Juan".

Pablo les dijo: "Juan bautizó con un bautismo de conversión, pero advirtiendo al pueblo que debían creer en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús".

Al oír esto, los discípulos fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús, y cuando Pablo les impuso las manos, descendió el Espíritu Santo y comenzaron a hablar lenguas desconocidas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres.

Durante los tres meses siguientes, Pablo frecuentó la sinagoga y habló con toda libertad, disputando acerca del Reino de Dios y tratando de convencerlos.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Salmo Responsorial
Salmo 67, 2-3ab. 4-5acd. 6-7ab
R. (33a) Cantemos a Dios un canto de alabanza. Aleluya.
Cuando al Señor actúa
sus enemigos se dispersan
y huyen ante su faz los que lo odian;
cual se disipa el humo, se disipan;
como la cera se derrite al fuego,
así ante Dios perecen los malvados.
R. Cantemos a Dios un canto de alabanza. Aleluya.
Ante el Señor, su Dios,
gocen los justos y salten de alegría.
Entonen alabanzas a su nombre.
En honor del Señor toquen la cítara.
R. Cantemos a Dios un canto de alabanza. Aleluya.
Porque el Señor, desde su templo santo,
a huérfanos y viudas da su auxilio;
él fue quien dio a los desvalidos casa,
libertad y riqueza a los cautivos.
R. Cantemos a Dios un canto de alabanza. Aleluya.

Aclamación antes del Evangelio
Col 3, 1
R. Aleluya, aleluya.
Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas del cielo,
donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.
R. Aleluya.

Evangelio
Jn 16, 29-33
En aquel tiempo, los discípulos le dijeron a Jesús: "Ahora sí nos estás hablando claro y no en parábolas. Ahora sí estamos convencidos de que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por eso creemos que has venido de Dios".

Les contestó Jesús: "¿De veras creen? Pues miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estaré solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo".
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión del Evangelio de hoy
A la espera del Espíritu
La madurez en la fe no se adquiere de golpe. Hay una evolución progresiva en la experiencia creyente. Este fragmento de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a unos discípulos todavía poco familiarizados con la nueva fe que profesan. Aún no han oído hablar ’de un Espíritu Santo’. Probablemente el nombre les suene, pero no son conscientes de que, después de Pentecostés, el don del Espíritu Santo ha sido derramado sobre la comunidad en pleno.

Estos hombres han sido evangelizados probablemente por Apolo, todavía poco versado en la vida de la nueva comunidad. El bautismo que han recibido es sólo el de Juan. Pablo les aclara que ese bautismo era de conversión, pero que el mismo Juan el Bautista hablaba de Jesús, el que tenía que venir y en el que tendrían que creer.

’Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús’. Lo que caracteriza al bautismo cristiano es la invocación del Nombre (es decir, de la persona) de Jesús y el don del Espíritu, que reside en cada uno para llevarlo al conocimiento pleno del mensaje de Jesús y a vivirlo con gozo y con fidelidad. El Bautista también había dicho: ’Yo os bautizo con agua, pero detrás de mí viene uno que os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Bautismo y Espíritu son indisociables en la identidad de los cristianos.

La presencia en ellos de ese Espíritu se manifiesta en varios signos: hablar en lenguas y en nombre de Dios (esto segundo es básicamente la profecía). Todo cristiano, en virtud de su bautismo, es un profeta, aunque no siempre ejerza como tal.

El Espíritu, revelador definitivo
Los discípulos de Jesús creen haber descubierto, por fin, el misterio de su Maestro. Pero, en realidad, todavía su fe es frágil y borrosa. Se dan cuenta de que el Maestro les da a conocer sus secretos sin necesidad de que le pregunten nada. Pero no han advertido todavía su debilidad: cuando llegue el momento, ’la hora’, se dispersarán y huirán de la cercanía de Jesús, por el peligro que supondrá para ellos.

Jesús les anticipa que lo dejarán solo. Pero también les asegura que esa soledad es solo parcial, ya que el Padre está siempre junto a él. Es un reproche implícito del comportamiento que van a mostrar, pero también una advertencia que les permitirá, en su momento, recapacitar en lo que él les había dicho, y reforzará su fe, devolviéndoles la paz que han vivido a su lado. Una paz que reflejará la victoria definitiva que él va a conseguir sobre el mundo, en virtud de su resurrección.

Todo eso es un preludio de lo que ocurrirá también en sus propias vidas: tendrán que luchar igualmente contra el mundo, pero acabarán venciéndolo y disfrutando de una paz integral. ¿Cómo caer en la cuenta de estas cosas y convencerse de que su suerte será la misma que la del Maestro: asechanzas y muerte, pero también resurrección y triunfo definitivo? El texto de hoy pertenece a un contexto en el que la clave de esta revelación tan peculiar está en la presencia del Espíritu en los seguidores de Jesús. Sin el Espíritu, todo ello es indescifrable. Con él, todo se vuelve comprensible y luminoso.

¿Reconocemos en nosotros la presencia del Espíritu? ¿Somos capaces de descifrar el lenguaje de Jesús?
Fray Emilio García Álvarez
Convento de Santo Tomás de Aquino (Sevilla)

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