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Enero 30, 2020 12:13 hrs.

Mario Andrés Campa Landeros › diarioalmomento.com

Cultura Nacional › México Ciudad de México


Vuestras ofensas han llegado a tal
Extremo que ahora los exterminaré

Las diferencias comenzaban, pero no acababan.
Durante la gran penetración occidental en China existía un gran abismo entre los conceptos chinos y occidental de ’civilización’ y ’barbarie’.
En 1644, los invasores manchúes habían encontrado entre sus nuevos súbditos, en China, una ’religión’ que en el fondo era una boyante ideología de orden y control sociales; el confucianismo. El gran sabio, que había predicado que el respeto por los mayores y la familia no sólo era sagrado, sino también equiparable a la obediencia al emperador y al Estado.
Durante la era Manchú, la perpetuación del sistema confucianista continuó siendo el objetivo principal de las clases medias y altas de China y –más importante aún- de los letrados, los hombres que se habían convertido en funcionarios del emperador y administraban la extensísima familia que era China.
Es verdad que muchos campesinos, sucumbiendo a inclinaciones más místicas, adoraban a los ídolos del budismo y buscaban el conocimiento del Tao, el ’camino’, pero el confucianismo era incuestionablemente el motor ideológico del imperio chino.
La definición confuciana de la ’civilización virtuoso’ no era igual a la cristiana y los vicios que el sabio chino consideraba ’bárbaros’ no siempre correspondía con aquellos condenados por la Biblia.
En China, la absoluta subordinación del individuo primero a la familia, luego al Estado y finalmente al emperador –El hijo del cielo- permitía actos que parecían abominables, salvajes a los primeros misioneros cristianos. (Que por lo visto habían olvidado que los occidentales habían cometido atrocidades semejantes durante la inquisición).
’…se compraban y vendían niños, se exterminaba a decenas de miles de seres humanos de formas horrorosas. Los hombres acaudalados emulaban al emperador y compraban docenas de concubinas, mientras sus esposas oficiales languidecían en un penoso estado de servidumbre’.
Los comisionados y funcionarios imperiales engañaban impunemente para defender los intereses de su soberano. Estas actividades eran consideradas permisibles –incluso deseables- siempre y cuando contribuyeran a aumentar la estabilidad del sistema confuciano.
Un panfletista anticristiano escribió en todos los templos:
’…los cristianos tienen la costumbre de adorar a un niño desnudo de 10 ó 12 centímetros de largo… sería conveniente examinar esta cuestión’.
¡Cosas veredes, Chonito!

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