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Enero 08, 2019 18:18 hrs.

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Miércoles 9 de enero 2019 después de Epifanía

Primera lectura
1 Jn 4, 11-18
Queridos hijos: Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. A Dios nadie lo ha visto nunca; pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor en nosotros es perfecto.

En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu. Nosotros hemos visto, y de ello damos testimonio, que el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo. Quien confiesa que Jesús es Hijo de Dios, permanece en Dios y Dios en él.

Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en ese amor. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto llega a la perfección el amor que Dios nos tiene: en que esperamos con tranquilidad el día del juicio, porque nosotros vivimos en este mundo en la misma forma que Jesucristo vivió.

En el amor no hay temor. Al contrario, el amor perfecto excluye el temor, porque el que teme, mira al castigo, y el que teme no ha alcanzado la perfección del amor.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial
Salmo 71, 2. 10-11. 12-13
R. (cf 11) Que te adoran, Señor, todos los pueblos.
Comunica, Señor, al rey tu juicio
y tu justicia, al que es hijo de reyes,
así tu siervo saldrá en defensa de tus pobres
y regirá a tu pueblo justamente.
R. Que te adoran, Señor, todos los pueblos.
Los reyes de occidente y de las islas
le ofrecerán sus dones.
Ante él se postrarán todos los reyes
y todas las naciones.
R. Que te adoran, Señor, todos los pueblos.
Al débil librará del poderoso
y ayudará al que se encuentra sin amparo;
se apiadará del desvalido y pobre
y salvará la vida al desdichado.
R. Que te adoran, Señor, todos los pueblos.

Aclamación antes del Evangelio
Cfr 1 Tim 3, 16
R. Aleluya, aleluya.
Gloria a ti, Cristo Jesús, que has sido proclamado a las naciones.
Gloria a ti, Cristo Jesús, que has sido anunciado al mundo.
R. Aleluya.

Evangelio
Mc 6, 45-52
En aquel tiempo, después de la multiplicación de los panes, Jesús premió a sus discípulos a que subieran a la barca y se dirigieran a Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirlos, se retiró al monte a orar.

Entrada la noche, la barca estaba en medio del lago y Jesús, solo, en tierra. Viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer, y parecía que iba a pasar de largo.

Al verlo andar sobre el agua, ellos creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban espantados. Pero él les habló enseguida y les dijo: "¡Ánimo! Soy yo; no teman". Subió a la barca con ellos y se calmó el viento. Todos estaban llenos de espanto y es que no habían entendido el episodio de los panes, pues tenían la mente embotada.
Te alabamos Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión del Evangelio de hoy
’Maestra, dibújame a Dios’
Una tarde de junio, con un grupo de niños pequeños, en la playa, jugábamos a dibujar con el dedo en su espalda lo que los niños pedían: leones, flores, dragones, princesas… Pero un niño, al preguntarle: ’¿Qué quieres que te dibuje?’, respondió: ’Maestra, dibújame a Dios’. Se hizo un silencio expectante en el pequeño grupo, yo miré a mi compañera intrigada con lo que haría. Y ella, con mucha seguridad, dibujó un corazón en la espalda del pequeño. Todos sonrieron y ninguno se extrañó. ’Dios es amor’. Parece evidente, pero quizás no sea lo primero que se nos ocurre al definir o intentar representar a Dios.

El texto de hoy es continuación de la lectura de ayer, correspondiente al tercer Desarrollo de esta carta, que proclama el contenido más nítido de nuestra fe: ’Dios es amor’. Fe y amor se entrelazan al confesar que creemos en Jesús, Hijo de Dios, un Dios que es amor. La invitación de esta carta de Juan y de cada Navidad es a abrirnos a la presencia de Dios en nuestras vidas y en nuestro mundo. Cuando la fe se despista, o se queda pequeña, quizás fría o alejada, cuando ya ni siquiera plantea inquietudes, es el momento de ’verle’ y ’dar testimonio’, de la forma más sencilla y evidente: en el amor.

’Como él es, así somos nosotros en este mundo’. La pista más evidente que Juan nos da para ver si estamos en ruta es la del temor. ¿Qué mueve mi amor, sea a Dios o a los demás, o a mí mismo? La mentalidad de castigos y premios, que esconde inseguridades y manipulaciones, que busca recompensas o despierta miedo en otros, nos aleja de Dios. Pero siempre es posible volver y permanecer, sentarnos al lado de Dios y dejar que nos dibuje, en la espalda, su amor. ¿Qué te dibuja?

La Palabra atraviesa el desconcierto
El texto de Marcos corresponde a la primera parte del Evangelio, en la que Jesús va revelando quién es:’ Él es mi Hijo, el amado, en quien me complazco’ (Mc. 1, 11). Los milagros y las parábolas van manifestando que Jesús es el Mesías. Con paciencia elige e instruye a los discípulos, los insta a anunciarlo con palabras y gestos. Pero hoy los encontramos desconcertados y temerosos, en medio del lago, en la intemperie de la madrugada. La misma presencia de Jesús les asusta.

Quiero hacer eco de un párrafo de Timothy Radcliffe, al final del libro ’Ser cristianos en el siglo XXI’: ’Jesús se acerca a los discípulos en su desconcierto, confusión y fracaso. Este es el comienzo de nuestra predicación. Debemos atrevernos a acoger el silencio y las dudas de nuestros contemporáneos, sobre todo en la cultura global actual, que penetra con sus valores prácticamente cada corazón humano, incluido el nuestro’. El reto está en arriesgarnos y predicar, anunciar su Verdad, esa que es capaz de mover y conmover. Y dice unas páginas más atrás: ’La veracidad exige ahora del predicador no ya audacia, sino humildad. El misterio derrota nuestras palabras’.

En esta barca de la propia vida, o en la de nuestra comunidad de fe o la Iglesia, tenemos que surcar las noches de silencios y dudas, y dejar espacio para el misterio. Jesús no nos deja solos:’ Ánimo, soy yo, no tengáis miedo’. Me encanta el último versículo, que describe el asombro de los discípulos. ¿Cuántas veces nos pasa eso mismo? Dios se nos hace presente de una forma muy evidente, o somos testigos de un gran gesto de amor, o palpamos la providencia en un momento determinado. Y nos quedamos desconcertados, nos cuesta creerlo, casi que nos asusta. Tenemos que ser testigos de esa Palabra que atraviesa el desconcierto, se manifiesta y se traduce en amor. Más aún, tenemos que proclamarla, con pocas palabras, con la vida.

Hna. Águeda Mariño Rico O.P.
Congregación de Santo Domingo

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