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Octubre 23, 2019 13:26 hrs.

Mario Andrés Campa Landeros › diarioalmomento.com

Cultura Nacional › México Ciudad de México


’Era un idealista que intentaba la regeneración de la
Humanidad Soplaba siempre sobre la frente y la barbilla’

Es el año de 1743.
En este siglo XVIII, positivista y miope, vive el ’conde Alessandro di Cagliostro’, cuyo verdadero nombre, hasta donde es posible investigar, fue el de Giuseppe Bálsamo. Nació de una familia pobre. Su padre murió cuando él era muy joven y su madre no pudo controlar el ingobernable carácter de Giuseppe. Lo ingresó como novicio en una orden de religiosos, de la cual fue expulsado poco tiempo después.
En Roma, a los 26 años, Giuseppe se enamora de una bella chiquilla de 14 años, hija de un pobre herrero; Lorenza Feliciani no sabía leer ni escribir, pero era inteligente y atractiva. La esposa ideal para el futuro conde. Se establecieron en París para hacer fortuna.
En 1776, durante un viaje a Londres, Bálsamo cambió su nombre por el de Cagliostro y fue admitido en una logia masónica a cuyos miembros predijo varias veces los números ganadores de la lotería. La logia transformó a Cagliostro; acabó con sus divisiones internas y le proporcionó un sentido de unidad que hasta entonces no poseía. Sus poderes ocultos se vieron incrementados casi de la noche a la mañana.
La varonesa de D´Obserskirck lo describe así:
’…aunque no puedo decir que sea guapo, su rostro es el más notable que he visto en mi vida, sobre todo sus ojos. Son indescriptibles, con una profundidad sobrenatural –todo fuego y todo hielo-. Si dos artistas hicieran su retrato, los cuadros tendrían algunas semejanzas, pero serían totalmente diferentes, porque el conde es un ser ambivalente que atrae y repele a la vez, asusta e inspira enorme curiosidad. Cagliostro está poseído de un poder demoniaco que fascina la mente y paraliza la voluntad. No es un vulgar aventurero sino un hombre de verdadera fuerza’.
Cagliostro poseía en grado notable el don de la clarividencia. Se hacía llamar el ’Gran Copto’. Se cuenta que se encontró varios tesoros escondidos. Ganaba el dinero a manos llenas sin que nadie supiera de dónde le llegaba.
Cuando el filósofo Lavater, amigo de Goethe quiso conocerlo. Cagliostro se negó diciendo:
’Si su ciencia es más grande que la mía, no tiene necesidad de conocerme. Si la mía es más grande, no tengo necesidad de conocerlo’.
Lavater insistió y llegó a ser uno de sus más entusiastas defensores.
¡Cosas Veredes, Chonito!


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