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Mayo 14, 2019 21:53 hrs.

Moisés Sánchez Limón › diarioalmomento.com

Política Nacional › México Ciudad de México


Bucear en esa mar de las redes sociales, porque entrar a éstas implica hundirse en aguas lo mismo limpias que no cristalinas y hasta aquellas que arrastran detritus, es toda una aventura en la que puede perderse la paciencia o convertirse en el centro de las más abyectas descalificaciones de oscuros personajes que se ocultan en seudónimos e incluso de conocidos de los que uno tenía certeza de madurez vacunada contra los fundamentalismos.

La consecuencia de bucear más que navegar en las redes sociales tiene un alto contenido de desencanto, en elementos prácticos, reales, contundentes en el quehacer cotidiano como miembros de esta aldea que en unos meses ha polarizado a la sociedad mexicana en buenos y malos, pobres y ricos, más allá de los calificativos fifí o chairo que finalmente superan al estrato social.

Nuevos tiempos y viejas prácticas políticas han llevado a esta polarización que se fraguó en días de campaña y se dejó de la mano del autor que de lunes a viernes se solaza con esa praxis de la que es maestro: la manipulación de estados de ánimo de una sociedad que durante décadas se desgajó en millones de pobres y miserables que fueron voto duro de partidos que parieron políticos de insultante riqueza surgida de la corrupción, pero igual ideólogos y unos cuantos funcionarios dispuestos al servicio de quienes los eligieron, aunque también de simuladores y trepadores.

Son los mismos mexicanos que, hartos de la explotación y de servir al interés electorero y a cada gobierno de los tres niveles que sólo les prometió el edén y los mantuvo en las colonias miserables con una obscura posibilidad de ascender a otro escalón social que les fue negado mediante dádivas, la compra del voto con láminas de cartón o tinacos, pero con el mismo resentimiento que los convierte en polvorín mojado por personeros con ofertas de mejorar sus condiciones.

La demagogia y el conformismo, la simplista postura que recomendaba recibir las bolsas, los lonches y las gorras, las playeras y las camisetas tricolores, naranjas y verdes pero luego votar por él. Y el abrazo, la caricia en la cabeza de las ancianas y el beso al niño que olía a orines y tenía el olor de la pobreza, las selfies que puso de moda su antecesor y demostró le gustan. La vanidad no tiene colores ni rubores.

Y sí, son esos mexicanos lo que en esta permanente campaña del personaje que soñaba con ser Presidente de la República, sumaron votos con esa burocracia indignada contra los altos mandos del sector público, pero finalmente integrantes de ese aparato de corrupción en la que una cita médica se traficaba como las placa de un vehículo y hasta las incapacidades para no ir a trabajar y sumirse en la improductividad.

Y esos votos se agregaron a los de empleados del sector privado que aspiraban a otros estadios de vida, a dejar el departamento de cuatro por cuatro y que finalmente les hiciera justicia la revolución con un cargo más alto, aunque sus estudios no lo permitieran o el mercado de trabajo estuviera sujeto a los salarios mínimos profesionales.

¡Ni negarlo! Salarios que son dique para el desarrollo personal y profesional, cuando no sujetos a los acuerdos outsourcing que niega seguridad social a los trabajadores y no lo pudo desalojar la reciente Reforma Laboral, porque la mayoría de los diputados federales de Morena lo dejaron para dizque un análisis a profundidad en otros momentos, otros, plural, del adjetivo impunidad.

Y es que, salvo su mejor opinión, ¿a qué aspiran los jóvenes egresados de las universidades públicas, e incluso de las privadas frente a un aparato productivo que compite con buen producto en el extranjero, pero aquí paga miserias?

Sí, esos profesionistas jóvenes, universitarios y con posgrado, sumaron votos e ilusiones con otros que se ganan la vida en las fábricas de la periferia, en empleos de medio tiempo, en la explotación abierta con mil pesos a la semana que se acaban el miércoles. Y fueron con empresarios y gerentes de corporativos y de empleados de un nivel salarial aceptable, en busca del Vellocino de Oro, siguieron al encantador de serpientes que bien sabía dónde pegar el discurso para acarrear simpatizantes.

Y toda esa masa social que derivaría en 30 millones de votos, llenó plazas y se desbordó en las urnas, con la esperanza de que, ahora sí, las cosas cambiarían y que eso que se calificó como la Cuarta Transformación, aunque no la entendían, sonaba bien y el candidato la elogiaba y fundaba su sueño del México nuevo en ese proceso que partió en el México decimonónico, aunque él se quedó atado en el México de los años 70, de ese gobierno que desmanteló al anterior fundado en el proceso estabilizador.

Pero, esa sociedad que avistaba una nueva época, un país despojado de demagogias y con corruptos en prisión, como lo ofreció el candidato, ha ido desgajándose en la desilusión.

Todos los días, en las redes sociales y en la vida cotidiana, aparecen comentarios de ciudadanos que, hasta hace poco tiempo, defendían al señorpresidente, como los morelenses que se sienten burlados con aquello de la termoeléctrica que, dizque el pueblo bueno determinó en consulta su construcción.

Desilusionados los burócratas que votaron por el candidato para Presidente y con su sufragio lo hicieron Presidente, pero hoy están en la calle porque así lo decidió la austeridad republicana y la directriz contra la corrupción. Son empleados que soñaron con escalar posiciones y percibir mejores salarios, pero a partir de diciembre de 2018 fueron seleccionados para sumarse al desempleo.

Es el desencanto de quienes hasta hace unos meses consideraban que el licenciado López Obrador merecía el beneficio de la duda, pero cada mañana atestiguan el ejercicio del poder de un solo hombre que avanza paulatinamente en espacios de la dictadura, con un equipo que no se atreve a contradecirlo porque él siempre tendrá otros datos, otra óptica, su óptica del país que conoció hace 40 años, el del Arriba y Adelante que endeudó al país, devaluó al peso y generó tanto cuanto fideicomiso decidió para atender a los más pobres cuyas familias siguieron pobres y hoy, en esas localidades de terrenos improductivos, donde se oxidaron los tractores rusos de cuyo manejo nunca se enseñó a los campesinos, siguen pobres y con el perenne sueño americano.

Y el señorpresidente agradece a esos mexicanos que desde Estados Unidos, sostienen a la economía local con sus remesas, más de 20 mil millones de dólares al año, pero apenas ofrece paliativos clientelares para arraigarlos en el país. El bono democrático se desgasta con medidas insolentes, decisiones ocurrentes, ofertas de improbable conclusión.

Ojalá y todo fuera mentira y tuvieran razón los youtubers y esa pléyade lopezobradorista que descalifica y lincha a quienes, sin atavismos neoliberales ni pertenencias a motivos conservadores, se atreven a alzar la voz y alertan el riesgo del precipicio si el señorpresidente no abandona sus sueños de mesías. El desencanto no es buen consejero; es rara avis el que termina amando al enemigo y besa la bota que lo ha pateado. La historia es cíclica aunque pocos la asumen aleccionadora. Digo.

sanchezlimon@gmail.com

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