El nuevo presidente de España jura sin Biblia ni Crucifijo.


Por primera vez en la historia de nuestra democracia, el nuevo presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, prometió su cargo en Zarzuela ante la Constitución, sin que en la mesa hubiera crucifijo o Biblia.

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El nuevo presidente de España jura sin Biblia ni Crucifijo.

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Junio 04, 2018 10:47 hrs.
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Ha llamado la atención, y no se ha dejado de comentar en redes sociales, el hecho de que, por primera vez en nuestra ya no tan joven democracia, el nuevo presidente del Gobierno ha jurado su cargo ante el Rey sin biblia, crucifijo o símbolo religioso alguno. Solo la Constitución.

Los comentarios, aunque de todos los colores, se han distribuido principalmente en dos grupos: los de quienes ven con alarma la citada ausencia como una especie de declaración de intenciones de Pedro Sánchez, en el sentido de profundizar en la ya evidente descristianización de España, y los elogios aliviados de los que celebran el cambio, precisamente porque también aplauden la acelerada descristianización de nuestro país.

Desde Infovaticana estamos con los segundos por las razones de los primeros. Aún más: no entendemos bien, y no es la primera vez, qué puede ganar nuestra fe o en qué nos conviene a los creyentes el paripé que representa mantener los símbolos cuando ha desaparecido su sentido.


Por el contrario, nos parece una excelente noticia, como nos alegramos de que esos mismos símbolos desaparezcan, no de la vida pública (que no es en absoluto propiedad del Estado, sino patrimonio de toda la sociedad), pero sí de todo organismo oficial e institución de autoridad.

Lejos de sentirnos halagados, nos parece una burla que sucesivos gobiernos que han infligido leyes no ya anticristianas, sino negadoras de la propia ley natural, hagan la más ligera mención a lo que para nosotros los creyentes es sagrado y para ellos, evidentemente, no lo es.

No tenemos el menor deseo -otro ‘clásico’ de las redes- de que los políticos nos feliciten la Navidad, participen semioficialmente en ceremonias religiosas y procesiones o, en general, hagan uso de unos símbolos que están, al hacerlo, profanando. Todo eso no hace más que aportar confusión, proporcionar a algunos políticos una escandalosa coartada electoral y ofrecer una visión infantilizada y clerical del cristianismo. Por último, da una idea completamente errónea del peso social de la Iglesia en la vida política.

Nos sorprende, por lo demás, que esa postura fácil a la indignación o al halago con semejantes migajas sea la que transmite y fomenta un episcopado que sigue, en esto, en la luna de Valencia. Nuestra jerarquía sigue creyendo, o fingiendo creer, que España es aún un país católico. Esa, por la demás, parece ser la base de su actividad, mucho más política que religiosa.

Para acabar y achacar las responsabilidades a quienes corresponden, Pedro Sánchez, de quien sospechamos no solo que habría jurado ante la Biblia, sino ante el Corán o el Código de la Circulación si fuera necesario, no tiene nada que ver con las visibles ausencias. Fue Su Majestad Felipe VI -a quien los indignados, por lo general, sitúan por encima de toda crítica- quien cambió el protocolo a este respecto.

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