Opinión

El trabajo de trabajar

Armando Fuentes Aguirre ’Catón’

El trabajo de trabajar

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Mayo 31, 2018 22:03 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Armando Fuentes Aguirre ’Catón’ › guerrerohabla.com

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Aquel hombre sentía un santo temor a trabajar. Se parecía a otro sujeto, burócrata él, que estaba en el sillón de su escritorio con aspecto de alguien que no está. Alguien, al verlo en actitud tan lasa, le preguntó:

—¿Qué haces?

—Aquí —respondió el individuo con tono de Donato-. Esperando el aguinaldo.

¡Y era apenas mayo!

Dije ’con tono de Donato’ porque me acordé de Donato Gil, un cómico salido del Ojo de Agua de Saltillo y que llegó a tener gran fama en la Ciudad de México, carpero de los buenos en tiempos en los que había que competir con Cantinflas, Manuel Medel, Pompín Iglesias —padre—, el Chaflán, el Panzón Soto y tantos otros cómicos de extraordinaria calidad. Donato fue conocido como ’El cómico cansadito’, pues hablaba arrastrando las palabras y meneándose todo, como si le costara trabajo pronunciar cada una.

Así hablaba el hombre de mi cuento, que no es cuento sino verdadera historia. Su papá se quejaba de él. Decía con acento doliente:

-Si ya no quiero que a mi hijo le guste el trabajo. Nomás pido que le pierda un poquitito el asco.

Casó el hombre y no tuvo familia. Las gestiones para engendrar la prole algo tienen de actividad y movimiento, y a él no le gustaba ni una cosa ni la otra. Supongo que tal es la razón de que en su matrimonio no hubiera hijos. Su esposa era gran aficionada al cine, pero nunca lograba que su marido la llevara, pues salir de la casa le resultaba muy fatigosa ocupación. La verdad es que la gente le preguntaba cosas como: ’¿Qué haces?’ o: ’¿A qué te dedicas?’, y él no sabía qué contestar, pues simple y sencillamente no se dedicaba a nada. Si hacía las tres comidas diarias era tan solo porque su papá –el de él- le daba por abajo del agua a la pobre esposa del güevón lo necesario para el gasto. Y ni siquiera se tomaba el holgazán el trabajo de preguntarle a su mujer de dónde salía la pitanza diaria. Debe haber sido un gran creyente en la Divina Providencia, pues pensaba que le caía del cielo, como el maná a Moisés.

Un día se exhibió en el Cinema Palacio una película de John Wayne llamada ’El hombre quieto’. Si mal no recuerdo aparecía en ese film Maureen O’Hara y aquel viejito -así decíamos entonces- que representaba como nadie el papel del irlandés amable, Barry Fitzgerald. Pero la estrella principal era John Wayne, ídolo de la esposa del haragán.

Le dijo la señora a su marido:

—Viejo, llévame al cine.

—¿A qué? —preguntó el perezoso, que estaba todavía echado en la cama, y eso que era ya casi el medio día, y el caldo ya estaba hecho. ¡Vaya pregunta la suya! ’¿A qué?’.

-Pos a ver la película -respondió la señora, humilde-. Dan una de John Wayne.

—¿Quién es ése? —quiso saber el sujeto.

—Es un artista de Hollywood -le explicó la señora-. Trabaja muy bien-

—¡Ah, no! —se asustó el hombre’. ¡Si es cosa de trabajo no voy!

Muchas historias podrían contarse de saltillenses que se las arreglaban -y muchos se las siguen arreglando- sin trabajar. Arte supremo es ése, y muy difícil ciencia cuyos practicantes merecen homenaje por su ingenio.

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