El Tri superó, también, el ’taekwondo’ de Corea del Sur: 2-1


Carlos Vela, de penalti, y Chicharito, anotadores


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Junio 23, 2018 19:30 hrs.
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Jesús Yáñez Orozco › diarioalmomento.com

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+Javier Hernández llegó con 50 anotaciones en selección

+México, con pie en octavos de final

Anticrónica

Ciudad de México, (Balón Cuadrado).- La selección mexicana de futbol respondió con goles y futbol al avinagrado representativo de Corea del Sur, que recurrió a una variante de taekwondo futbolero, que no vacunó su derrota: 2-1. Con este resultado, el Tri acaricia los octavos de final del mundial ruso. Faltará enfrentar a la compleja Suecia, el 27 venidero.

Fue una caricia al alma la forma desparpajada con que actuaron los mexicanos. Juegan a divertirse. Ríen y sonríen. Acarician, seducen, la pelota en los pies. Parecen adolescentes a quienes nada preocupa en el vacío infernal del rectángulo verde.

Son ellos y el balón, El rival pasa a segundo término. A veces hacen sentir que no existe.

Eso sí: fue un futbol famélico, como espectáculo.

A eso lo redujo la violencia. Sólo pálidos destellos. La fiesta estuvo en las tribunas.

El balón, pretexto.

El Tri podría avanzar, de vencer, con paso perfecto, como nunca en su historia en estas justas: tres juegos ganados, nueve puntos, que comenzó con 1-0 a la campeona alemana. Chicharito, hoy, con el segundo, gol del partido, llegó a 50 anotaciones con su selección.

Esta vez, digno de agradecer, los aficionados retrotrajeron el grito homofóbico –y no despertaron al emperador romano Adriano de su sueño eterno, personaje gay de la novela de Marguerite Yourcenar–, ante la amenaza de FIFA: restar puntos a su equipo en esta justa, que reduciría la posibilidad de jugar el quinto partido. Fue exorcizado cuando el portero rival despejaba de meta.

Sin ’¡ehhhhh, puuutoooo¡’ en la tribuna apareció, como exhalación, el ’Cielito Lindo’, que parece una oda a la derrota: ’ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran los corazones…’ que, por fortuna, en esta competición, es signo de triunfo.

Esas mismas gargantas que hace unas semanas imprecaban: ’¡fuera Osorio… fuera Osorio…’, antes de llegar a Rusia, este sábado, en la Arena Rostov, ante casi 44 mil aficionados, mayoría mexicanos, agregaron una plegaria de bendita contrición a su repertorio:

’¡Eeeel profe Osooooorio… eeeel profe Osooooorio…!’

Por el rosario de ’¡olés!’ a lo largo del encuentro, más que una cancha de futbol, el estadio pareció plaza de toros.

Ojalá se mantenga este tono festivo en caso de tener como rival a Brasil en la siguiente ronda. Porque hay riesgo de que vuelvan a aparecer los demonios homofóbos en el graderío, si el equipo va abajo en el marcador.

Desde el arranque del juego los coreanos salieron e con la espada desenvainada en las piernas, cual samuráis coreanos, variante del taekwondo, donde tiene su raíz este deporte. Hicieron labor de ablandamiento a cuatro jugadores: Carlos Vela, Javier Hernández, Andrés Guardado e Hirving Lozano.

Estaban conscientes de la superioridad de sus rivales, individual y colectiva, tras la victoria frente a Alemania. Dieron y repartieron leña a diestra y siniestra. Los mexicanos nunca se arredraron.

Por eso cometieron 24 faltas – que significaron dos tarjetas amarillas, que pudieron ser de expulsión, pero el silbante serbio Miroslav Mazic destiñó la tarjeta roja—, por siete de México.

La portería coreana, salvo lapsos, fue una pared virtual de frontón para México. Sus adversarios no ataban ni desataban.

Con su futbol magistral, en el futbol español y ahora en Estados Unidos, Vela ha confirmado su inconmensurable calidad de crack en estos dos juegos mundialistas. Es una especie de Messi mexicano. Es el espíritu del equipo. Marca los tiempos en la cancha. Se mira sobrio, ecuánime, generoso, puntilloso, práctico, como siempre, con el esférico a sus pies.

Hace fácil lo difícil.

En los estertores del encuentro cayó la anotación coreana de Son, como hielo al fuego. Por un momento, la afición guardó un silencio de velorio. Cortaba. Era plomo.

A un costado de la cancha, en su zona, el técnico del cuadro mexicano, Juan Carlos Osorio, se miraba desencajado. Ojos llorosos. Temía lo peor. Imploraba a todos los dioses del estadio para que impidieran el empate.

Se había borrado de su memoria, momentáneamente, los goles de Vela, de penalti, al minuto 26, y de Chicharito, 67, calca del que anotó Chucky a los alemanes.

Estaba impávido. Porque esa acción de Son había sido una pinturería de gol, lo más hermoso del encuentro.

Tomó el balón. Hizo una diagonal. Se perfiló de zurda, cinco metros fuera del área grande. Cruzó su disparo –verdadero misil– sobre la muralla mexicana, que Guillermo Ochoa aprovechó para un lance fotográfico.

Porque, salvo la violencia de los rivales, el resto del juego había sido un día de campo para sus jugadores. Pasaba fugaz, por su pensamiento, que veinte años atrás ambas escuadras se habían enfrentado por última vez en un partido de una fase final de un Mundial: Francia ’98. Esa ocasión la victoria también fue para el Tri: 3-1.

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