Conferencia de la historiadora Pilar Martínez López-Cano

En el virreinato, la Iglesia pagó impuestos y fue prestamista de la Corona

Norma L. Vázquez Alanís

En el virreinato, la Iglesia pagó impuestos y fue prestamista de la Corona

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Noviembre 28, 2018 21:32 hrs.
Biografías Nacional › México Ciudad de México
Norma L. Vázquez Alanís › diarioalmomento.com

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(Primera de dos partes)

En tiempos del virreinato llamado Nueva España (el México actual), la demanda de recursos por parte de la Corona Española a través de la consolidación de Vales Reales y de otras imposiciones financieras a los ingresos eclesiásticos, como el otorgamiento de préstamos y donativos, provocó la descapitalización del país, con el consiguiente encarecimiento del circulante y la contracción de la oferta de crédito y dinero, lo que aunado a la agudización de los problemas a raíz de movimiento insurgente, significó un duro golpe para la economía novohispana.

Esta interesante información, avalada por cifras de buena fuente, fue presentada por la doctora en Historia Pilar Martínez López-Cano, quien al participar en el ciclo de conferencias ’Los empresarios en la historia de México. De la colonia al porfiriato’, organizado por el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM), de la Fundación Carlos Slim, hizo un análisis de las características del crédito en Nueva España.

Centrada en el tema ’El crédito eclesiástico en la sociedad y la economía novohispana’, la ponente precisó que entre 1780 y 1810 se recaudaron 30 millones de pesos por concepto de préstamos y cinco millones en forma de donativos a la Corona por parte de la Iglesia, a los que se sumaron en la primera década del siglo XIX más de diez millones de pesos por la extensión que en 1804 hizo la Corona Española a América del Real Decreto de Consolidación de Vales Reales, que obligaba a los deudores de la Iglesia a liquidar sus créditos, cantidades que la Corona tomaría a préstamo con el compromiso de pagar el cinco por ciento de réditos a las instituciones hasta su liquidación; todo ese dinero fue remitido a España.

Así, para el siglo XVIII y ante las presiones financieras de la Corona, los ingresos eclesiásticos se convirtieron en una importante fuente de ingresos para la Real Hacienda, de tal manera que se empezaron a cobrar impuestos sobre los bienes de la Iglesia que hasta entonces habían estado exentos e incluso la Corona impuso un mayor control sobre las cofradías, porque finalmente eran corporaciones de laicos, y se aplicó un verdadero impuesto sobre la renta que tenían que pagar las instituciones eclesiásticas, además de que aumentó la participación en los diezmos y de alguna manera se forzó a la Iglesia a otorgar préstamos y donativos a la Corona, y por último se introdujo la medida de los Vales Reales.

Sin bancos, el financiamiento fue privado

Para entender mejor las particularidades del crédito eclesiástico, señaló la doctora Martínez López-Cano, es necesario referir las características que presentaba el crédito en general en la época novohispana, durante la cual todas las actividades económicas dependieron de algún tipo de crédito o de financiamiento.

La agricultura, la ganadería, la minería, el comercio, las manufacturas y los transportes requirieron de inversiones y de capitales que en muchos casos se obtuvieron a crédito; comerciantes y productores también recurrían al crédito, e incluso en el reclutamiento de la mano de obra llegaron a intervenir prácticas crediticias como fueron anticipos que se daban a los trabajadores para conseguir su prestación laboral o la retención por deudas de los trabajadores, una vez que estos habían iniciado su relación laboral.

Asimismo, un factor determinante para el crédito en esta etapa -y esto también en el ámbito católico- fue la ausencia de instituciones crediticias o de bancos en el sentido moderno del término, lo cual explica que este vacío fuera cubierto por particulares y corporaciones que sin proponerse estimular la actividad productiva proporcionaban distintos tipos de crédito.

En Nueva España, como sucedió también en Europa, el peso de las ciudades -en las urbes se organizaba la vida económica, se captaban las rentas del campo, se concentraban los medios de pago y se realizaban las principales transacciones crediticias- atraía el flujo del dinero y en particular hacia el comercio, el fisco y la Iglesia, lo cual constituyó a estos grupos en las principales fuentes de financiamiento de la economía novohispana.

Así, continuó la conferenciante, según el origen de los fondos la historiografía distingue entre crédito comercial, crédito de origen eclesiástico y crédito público, cada uno con características específicas; los comerciantes se especializaron en créditos a mercancías, o sea ventas al fiado, y en préstamos a corto plazo que no comprometían su liquidez; las instituciones eclesiásticas buscaron obtener rentas y se convirtieron en los principales acreedores a largo plazo, mientras que la Real Hacienda ofreció algunos apoyos como el aprovisionamiento de mercurio a crédito a los mineros a fin de estimular la producción de plata.

A estos actores se sumaron en la ciudad de México, en las últimas décadas del periodo novohispano, dos instituciones formales de crédito: el Monte de Piedad que abrió sus puertas den 1775 y que subsiste hasta la actualidad, y el Banco de Avío Minero en 1874.

Ciudad de México, capital política y financiera

Después de la Conquista, el peso político y económico de la ciudad de México se amplió y reforzó, la urbe se convirtió en la capital política de Nueva España, la sede del gobierno virreinal y de la Gran Audiencia, pero también de las principales instituciones fiscales y económicas de la época: la Real Hacienda, la Casa de Moneda y el Consulado de Comerciantes, explicó Martínez López-Cano, autora de numerosos libros y publicaciones sobre historia de la Nueva España.

Asimismo, la ciudad de México era la urbe más poblada de toda América, no solo de la América española, sino de todo el continente; para el siglo XVIII superaba ya los cien mil habitantes, además de que era la residencia de los hombres más ricos de la época y desde luego el principal centro mercantil de la Nueva España.

La centralización administrativa, la política y hacendística que se impulsó desde los primeros años del dominio español, favoreció el ingreso de los recursos fiscales en las Cajas Reales de la ciudad de México, también estaba ahí desde 1535 la única casa de moneda para todo el virreinato y la única que podía acuñar moneda; igualmente desde la última década del siglo XVI se estableció el Consulado de Comerciantes, el único que operaria en Nueva España hasta 1795, cuando se fundaron los consulados de Veracruz y Guadalajara.

Ahora bien, el crédito otorgado por las instituciones eclesiásticas quedó reservado durante gran parte de la época novohispana a personas o corporaciones que pudieran ofrecer bienes raíces como garantía y muchos hogares consiguieron afrontar su gasto diario empeñando en las tiendas ropas y enseres domésticos, dijo la ponente cuya área de investigación es la Historia Colonial.

Las instituciones eclesiásticas se convirtieron desde el siglo XVI en las principales fuentes de financiamiento a largo plazo para las haciendas agrícola-ganaderas y para los propietarios urbanos, y en el siglo XVII extendieron créditos también a comerciantes y hombres de negocios. Por el volumen de las transacciones destacaron las instituciones de la ciudad de México, las más ricas del virreinato.

Estas son, a grandes rasgos, las características del crédito en Nueva España.

(Concluirá)


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