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Noviembre 26, 2019 20:24 hrs.

Mario Andrés Campa Landeros › diarioalmomento.com

Cultura Nacional › México Ciudad de México


Dicen que el medio determina la vida
De uno; el desierto, cuna de dogmáticos

Por eso dejé el seminario de Chihuahua.
La historia y la ficción se entrelaza en la historia. Humor y prosa nítida en un episodio célebre de la Revolución Mexicana.
Me largué a Ciudad Juárez, gracias a un tío, hermano de mi madre, entre a trabajar de ’bel boy’, en el hotel Versalles y, los fines de semana, por las noches, en un burdel de Ciudad Juárez del dueño ’El Chino’ Ruela, en la calle Dieciséis. Fue el mejor lugar de la ciudad de aquélla época, de eso no tengo ninguna duda.
Se habían puesto de moda entre los gringos las enanas –se metían con dos y tres a la vez- y había que buscarlas por donde se pudiera (hasta de un circo que pasó por Chihuahua nos jalamos un par). Tenían que ser enanas, pero no enanas indias; esa parecía la condición, por lo menos, no totalmente indias, sino ya medio mezcladitas. Por ejemplo, a una enana que bajé de la Tarahumara, le hicieron el feo, no hubo gringo que se metiera con ella y tuve que regresarla a su cueva de origen.
Aclaro que en el burdel tuviéramos puras enanas, no; en realidad si apenas logramos reclutar unas diez en total, pero eran las que más dinero dejaban, porque los gringos las preferían sobre cualquier otra clase de mujer. Ellos esperaban horas bebiendo en el bar, con tal de meterse con una, dos o hasta tres. Parecía que mientras más borrachos se ponían, más les interesaban las enanas, algo muy extraño.
No tardaba en pasárseles el antojo a los gringos, así son para todo –decía ’El Chino’ Ruelas, con su voz que temblaba, adelgazada, casi en maullido-. Hay que aprovecharnos al máximo mientras dure. Y así lo hacía él.
Hay que imaginar el esfuerzo sobrehumano que hacían las enanas al bailar con los gringos. Y después ya en el cuarto, es obvio, hacían todavía más un mayor esfuerzo.
Cuenta Ignacio Solares.
’Terminaban revolcándose en la cama, un gringo borracho de dos metros de altura, qué quién sabe qué cosas raras les harían a las mujercitas…’
¡Cosas Veredes, Chonito!

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