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Noviembre 17, 2019 21:42 hrs.

Alejandro Cea › diarioalmomento.com

Cultura Nacional › México Ciudad de México


SR. DIRECTOR:
Para este domingo, ojalá le des un momento a este escritor. Le va a decir algo a tu corazón. Te mando un abrazo y tus comentarios siempre son lo mejor de todo.

Alejandro

ALGO DE POESÍA CON ALGÚN COMENTARIO.

En ocasiones, cada vez menos, algún joven me pide consejo sobre qué leer. Después de indagar sus inquietudes, sus deseos - hay quien lee por gusto, otros por competencia y algunos hasta por aprender y contemplar– le respondo: ’la vida es muy corta y muchos los libros. Procura leer aquellos autores que ya han sido consagrados por la humanidad. Están los grandes clásicos y, más cercanos a ti, los que han recibido premios.’

El consejo me lo aplico a mí mismo, aunque a veces me ha fallado terriblemente. Así leer un Premio Nobel, o los autores reconocidos por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y, en este caso por el Premio Cervantes, difícilmente van a decepcionarte.

El Premio Cervantes recibe muchas críticas. Cierto: como buenos españoles se siguen sintiendo más de la mitad de los hablantes del castellano y así cada dos años, aunque sean de no gran calidad se otorgan uno de los Cervantes y el siguiente lo reparten entre los autores, que son muchísimo más, de América.

A pesar de todo el Premio Cervantes tiene grandes escritores. De los nuestros Octavio Paz, Carlos Fuentes, Fernando del Paso, José Emilio Pacheco y hasta Elena Poniatowska. De los casi paisanos, entre otros: Alvaro Mutis, Sergio Ramírez y los grandísimos Vargas Llosa y Borges.

Pues este año premiaron a un poeta que seguramente, por mi ignorancia desconocía: Joan Margarit. Escribe – cosa de los líos entre españoles – en catalán y castellano, o español como se dice hoy. Es poeta, dramaturgo, ensayista.

Busqué algunos poemas. Son sencillos, un poco yo diría, prosaicos, es decir en prosa puesta en verso. Pero me dijeron algo al alma, adentro. Me llegaron pues. Te los mando para que los leas y para que, si – ojalá ocurra – alguien te pregunta por lo que sería bueno leer esta semana, tengas una respuesta. Antes de cada poema te pongo el pensar y sentir que me despertó. Espero me compartas lo tuyo.


A varias jóvenes les he dicho que el grave error de su vida fue nacer treinta o cuarenta años después de lo debido, pues de otra forma hubiéramos sido muy felices. El poeta Margarit piensa lo mismo:
1. La muchacha del semáforo
Tienes la misma edad que yo tenía
cuando empezaba a soñar en encontrarte.
No sabía aún, igual que tú
no lo has aprendido aún, que algún día
el amor es esta arma cargada
de soledad y de melancolía
que ahora te está apuntando desde mis ojos.
Tú eres la muchacha que yo estuve buscando
durante tanto tiempo cuando aún no existías.
Y yo soy aquel hombre hacia el cual
querrás un día dirigir tus pasos.
Pero estaré entonces tan lejos de ti
como ahora tú de mí en este semáforo.

Para los del sesenta y ocha, esta poesía te traerá algún recuerdo. Aunque con el tiempo se me quedó aquello de ’ya somos todo lo que odiamos cuando teníamos veinte años’.
2. La libertad
Es la razón de nuestra vida,
dijimos, estudiantes soñadores.
La razón de los viejos, matizamos ahora,
su única y escéptica esperanza.
La libertad es un extraño viaje.
Son las plazas de toros con las sillas
sobre la arena en las primeras elecciones.
Es el peligro que, de madrugada,
nos acecha en el metro,
son los periódicos al fin de la jornada.
La libertad es hacer el amor en los parques.
Es el alba de un día de huelga general.
Es morir libre. Son las guerras médicas.
Las palabras República y Civil.
Un rey saliendo en tren hacia el exilio.
La libertad es una librería.
Ir indocumentado.
Las canciones prohibidas.
Una forma de amor, la libertad.

Este sobre los viejos no lo entendí, ojalá tu me lo clarifiques.
3. Nada enaltece a un viejo
Ni esta violencia con la que deseo
tener razón.
Ni tampoco creer que la felicidad
tiene una relación sutil con la mentira.
Ni ser tan sucio
de corazón como los míos,
a pesar de que a ellos los ensució la guerra.
Mi paz debe ser una paz falsa.
Tampoco no abjurar de la lujuria
ni de la vanidad.
¿Como podemos ser vanidosos los viejos?
Esta es la derrota.
Un campo de batalla en el que estoy tirado.
Me rodean los muertos. Oscurece.
Puedo oír a lo lejos voces jóvenes
celebrando lo que hoy,
para ellos, aún es la victoria.


Este poema se entiende si tomas las tonterías de los españoles cuando les prohibieron hablar un idioma y ahora cuando, los catalanes primero, lo hablan se valga o no. Al final nos dice algo sobre el desgaste, el desmadre, de las palabras. Díganlo sino nuestras redes sociales.
4. Dignidad
Si la desesperanza
tiene el poder de una certeza lógica,
y la envidia un horario tan secreto
como un tren militar,
estamos ya perdidos.
Me ahoga el castellano, aunque nunca lo odié.
Él no tiene la culpa de su fuerza
y menos todavía de mi debilidad.
El ayer fue una lengua bien trabada
para pensar, pactar, soñar,
que no habla nadie ya: un subconsciente
de pérdida y codicia
donde suenan bellísimas canciones.
El presente es la lengua de las calles,
maltratada y espuria, que se agarra
como hiedra a las ruinas de la historia.
La lengua en la que escribo.
También es una lengua bien trabada
para pensar, pactar. Para soñar.
Y las viejas canciones
se salvarán.


Hoy que tenemos un gobernante que usa la moral para todo bien y para todo mal, nos ayuda leer este poema.
5. Fábula
Pequeña y faldera, la moral
era una perra de esas que ladran sin cesar,
fea como una rata. Todo el día incordiando,
husmeando al perro lobo de la vida
que, indiferente y fuerte, apenas la miraba.
Hoy lo he visto pasar hacia el jardín,
llevaba la moral entre los dientes,
cogida por el cuello, asustada, encogida.
Ya no ladraba, daba unos chillidos
desafinados y espeluznantes,
pero la vida, con su firme paso
de lobo, la ha llevado entre los árboles
llenos de pájaros, y allí
le ha roto el espinazo y después
se ha tumbado a su sombra.
Hoy he hecho limpieza de mis libros,
o sea, de mi tiempo.
De Simone de Beauvoir los tiro todos.


Lástima que aquella que quizá todos los días recuerdes, no va a leer este poema y si lo leyera no pensaría en ti. Pero, en fin para propio consuelo le dice algo que quizá un día, ¿el del Juicio Final? puedas decirle.
6. La espera
Te están echando en falta tantas cosas.
Así llenan los días
instantes hechos de esperar tus manos,
de echar de menos tus pequeñas manos,
que cogieron las mías tantas veces.
Hemos de acostumbramos a tu ausencia.
Ya ha pasado un verano sin tus ojos
y el mar también habrá de acostumbrarse.
Tu calle, aún durante mucho tiempo,
esperará, delante de tu puerta,
con paciencia, tus pasos.
No se cansará nunca de esperar:
nadie sabe esperar como una calle.
Y a mí me colma esta voluntad
de que me toques y de que me mires,
de que me digas qué hago con mi vida,
mientras los días van, con lluvia o cielo azul,
organizando ya la soledad.

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