La Zona Rosa y la muerte


Crónica urbana dominical

La Zona Rosa y la muerte

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Noviembre 04, 2018 20:06 hrs.
Biografías Nacional › México Ciudad de México
Mario Andrés Campa Landeros › diarioalmomento.com

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Caminar, caminar. Retener recuerdos. Tratar de entretenerse viendo calles, cosas y aparadores con ofertas; establecimientos cerrados, vacíos y abandonados… Olvidar sueños, bendiciones y maldiciones, ofensas. Caminar para soñar. Arrastrar las pisadas de la soledad, angustia. Comprar sin gastar. Sólo pensar en lo que no se puede invertir a pesar de las ofertas. La Glorieta de los Insurgentes nos envuelve con el aroma molesto de los seres de la calle que deambulan por las afueras de esa estación, frente a la gigantesca mole de vidrio, acero y concreto que da sombra a la entrada del Metro.
Abundan los celulares en las manos ociosas de la gente. Sentados o de pie, leen, contestan, escriben y se comunican con voces cercanas a su vida. Otros, sólo pasan el tiempo mirando a los que caminan con prisa hacia su destino. El Metro vomita y vomita a las decenas de usuarios que bajan en este su destino.
La zona Rosa. Antes glamour, ahora tristeza se engalana con restaurantes al aire libre, invadiendo la calle peatonal de Génova con sus jóvenes ’cheleros’ y tequileros. Mujeres y hombres se entrelazan en la bebida ’de moderación’. Risas y carcajadas, sin soltar para nada los celulares, hasta parece un concurso para ver cual está mejor presentado, más bonito o más caro. Mientras otros se dan ’las tres’ con thinner, mentando madres a todo el que se atreve a pasar junto a ellos. Una patrulla sin policías permanece cerca como mudo testigo de esta escena común en la zona.
Son apenas las dos de la tarde. Únicamente se observan por las aceras dos que tres extranjeros que ya no se admiran de lo que sucede en su entorno. Se detienen, ven los aparadores que permanecen abiertos y siguen su camino sin entrar a ver los productos que se expenden. Los vendedores de salchichas, hamburguesas hacen su negocio… tienen mucha clientela, a pesar de que está prohibido vender en esa zona. Un policía disfruta su ’hot dog’, junto al carrito expendedor.
La tienda Sex Shop de la esquina de Génova y Hamburgo, con sus focos y escenario de color Rosa resalta por su gran luminosidad. Nadie entra. La gente se sigue de largo. Más adelante se encuentra el Centro Comunitario de Atención a la Diversidad Sexual, es la Casa 30 H de la colonia Juárez, delegación Cuauhtémoc. Aún no se han dado cuenta que ya cambio a Municipio…
La calle de Estrasburgo, completamente sola, se funde en el bullicio de los visitantes a los restaurantes, cafés, neverías, pizzerías y demás yerbas… Entre los árboles no se ve quien camina por ese lugar y causa cierto temor pasar por ahí.
En la capilla del Santísimo, en Génova y Reforma, no hay sonido alguno. Los fieles o están muy callados o de plano no hay nadie.
Puestos de periódicos y revistas permanecen abiertos, aunque nadie compre nada. Ya no hay banquetas ni calles limpias. Es domingo Y no hay quién la recoja.
Llegamos a Paseo de la Reforma. Exhibición de cráneos de calaveras gigantes. Adornadas de diferentes formas. Bueno, hay hasta una adornada de chaquira completamente. Una obra de arte, obra de uno o varios artesanos indígenas. Las hay pintadas de diferentes formas y colores. Se exhibe una calavera gigantesca transparente para que la gente que la admira vea la maquinaria que tienen en su interior. Hay calaveras de tamaño natural que sirven de escenario para tomarse la foto del recuerdo de la familia. Varias de esas calaveras o esqueletos están patrocinadas –que ironía- por casas funerarias de renombre: ’García López’, ’Gayosso’ y otras…
Un joven toca el violín en la acera. Su cachucha está en el suelo para que los dadores depositen cualquier tipo moneda. Varias personas se detienen a escucharlo y aplaudirle. Empezaba una melodía en ese momento… ’Dios Nunca Muere’, ’Salón México’. Daban ganas de bailar. La gente le correspondía solo con fuertes aplausos, pero nada de monedas…
Del lado sur de la avenida Reforma se han establecido comerciantes de joyería con lentejuela y chaquira, vendedores de sombreros de cuero o de paja, cinturones, alimentos vegetarianos, dulces tradicionales, venta de ropa tejida, libros nuevos y viejos, objetos hechos de piedra; comales, molcajetes, figuras y metates… recordando las manos de nuestros ancestros que molían el maíz para hacer tortillas.
Y llegamos al 222 de Reforma. Una plaza comercial con mucha luz y lujo… Al entrar vemos un mostrador con dos jóvenes atendiendo el lugar y un letrero que dice: Los Miserables.
Oh. Gran contradicción. Pero es el anuncio de una obra de teatro.
Es otro mundo. La otra cara de la moneda.
El mundo de los anuncios que ya han formado parte del vocabulario popular: Swarovski, Pull&Bear, Berska, Sushitto, Maison Kayser, Scappino, Kicks Lou, etc., mucha luz, muchos comensales en los restaurantes caros, en las librerías, en las tiendas de hombres y mujeres; la última moda. Tenis inalcanzables para el pueblo en general…
Ya en la calle, frente al Senado de la República se escucha un grito: ¡Agárrenlo!
Varios miembros de una familia; una mujer con un niño en brazos y otro pequeño tomado de su mano, corre al lado de su esposo gritando también. ¡Agárrenlo! Y van tras el ratero. Nadie se atreve a hacer ni a decir nada. Nadie mueve un dedo. La policía, siempre dormida…
¿Carajo! Los rateros no descansan ni en domingo.

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