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Diciembre 07, 2025 23:30 hrs.

Luis Manuel Arce Isaac › tabloiderevista.com

Política ›


La Inteligencia Artificial (IA) es cada vez más artificial, aunque hay dudas de si es cada vez más inteligente, o si realmente es inteligente.

Lo más sano es no crear estereotipos y definiciones que no siempre son acertadas.

Es preferible pensar, o admitir, que la IA es cada vez más útil y expansiva y que el ser humano en su desarrollo puede tener en ella un elemento de gran valor, pero sin dejar de vigilar sus peligrosos sesgos y, en especial, el que sea utilizada con racionalidad y humanismo a pesar de su virtualidad.

En verdad, la existencia de esa inteligencia no le pertenece o se le debe a algún sistema científico-tecnológico en específico, ni a una sola ciencia, ni tampoco es la creación de alguna máquina poderosa inventada por algún científico. Es parte intrínseca del desarrollo de las ciencias en general y de las tecnologías que se derivan de ella.

Y esto nos lleva a la consideración más importante: es resultado directo de la inteligencia del ser humano, hombres y mujeres de carne y hueso, con alma infinita y cerebros privilegiados.

La IA salió, y seguirá saliendo, de esa inimitable materia gris que creó sus propios mecanismos para ir creciendo en capacidad y guiando a generaciones enteras hacia la perfección del ser humano como entidad racional, en un largo, pero muy productivo proceso, de siglos.

Nunca, por muy asombroso que sea su desarrollo y que pueda resolver en fracción de segundos miles de millones de operaciones que en otras épocas tardarían largo tiempo en descubrirse y solucionarse, la IA será capaz de superar esa materia gris tan especial y estupenda que la naturaleza colocó dentro de nuestra cabeza.
Aún en los prolegómenos de su desarrollo -pues no hay dudas de que la IA es un bebé saludable con mucha energía para crecer de manera asombrosa en tiempo real- lo que ha avanzado hasta este 2025 que ya finaliza es tan abrumador, que nos deja perplejos con lo que es capaz de hacer o aparentar, según el caso de que se trate y de los algoritmos que intervengan en su búsqueda de respuestas a preguntas, ya de índole social, histórica, tecnológica, o de cualquier ciencia.
Por supuesto, no se nutre de lo que piensa pues, aunque en los manuales se dice que uno de sus principios es el ético, no es así, ya que la IA tiene la gran debilidad de no ser humana, no tener alma, ni compasión, ni sentimientos, y mucho menos corazón.
No hay una interconexión entre ella y todos esos elementos desde el punto de vista de los sentimientos, aunque sus datos acumulados aporten en un futuro soluciones a los numerosos tipos de depresiones, e incluso de la crisis del espíritu que es muy fuerte, casi demoledora, en ciertos países, como Estados Unidos, donde una de sus consecuencias es el alto nivel de drogadicción y de suicidios.
En la IA, en sentido lato, todo es un artificio, y todo es una postverdad atendiendo al significado literal del término, según el cual no es algo posterior a la verdad, sino una acción o circunstancia donde la verdad es menos relevante que las apelaciones emocionales y las narrativas personales del interesado que la controle.
En tal sentido, la IA tiene la facultad de ser tan creativa y positiva que emocione, o tan destructiva y perversa que provoque sentimientos completamente contrarios. El gran problema es que, siendo hija del cerebro humano con todas sus contradicciones innatas al ser social y a la persona como individuo, no puede escapar de los sentimientos de su manipulador, pues es quien la controla y la seguirá controlando, aunque en apariencias se considere y actúe como los mecanismos de artificios sin voluntad propia.
Pero no hay dudas de que la IA es perfeccionista, su obra creadora así lo demuestra, y a tal punto es tan sumamente complicado interpretarla para el común de las personas, que la gente se pierde y en muchas ocasiones desconoce si lo que mira, lo que lee, o lo que escucha, es o no real, si existió o no, si es creíble o lo contrario, a pesar de que, en teoría, todo ello forma parte de los cuatro principios básicos de la IA: explicable, ético, robusto y auditable.
Sin embargo, ¡qué curioso!, esa cuarteta de normas, o reglas, pertenecen al reino de lo racional, y es imposible que un hecho mecánico, aunque aparente ser parte de lo cognoscible, las genere.
Quiere decir que es el manipulador de la IA quien decide si las aplica o no, y sobre todo cómo las aplica.
El caso es sencillo: no se trata de una falla de la IA, sino de la intencionalidad y los valores humanos de quien la controle como, por ejemplo, los grandes magnates millonarios que han colonizado no las redes sociales, sino los instrumentos artificiales básicos de inteligencia que permiten su manipulación.
Todos los días, a todas horas, cuando abrimos cualquier programa en nuestro celular -y allí se incluyen a los niños que aun sin hablar bien ya saben qué ícono digitalizar-, la mezcla de verdades reales y verdades inventadas es tan brutal, que se produce en la persona un caos de desinformación el cual solamente es posible despejarlo mediante el método tradicional de ver y escuchar en vivo y en directo, o incluso hasta con señales de humo o palomas mensajeras, pues la imagen que emite el celular puede ser perfectamente un clon que imita la voz, la figura y los gestos hasta de Jesucristo si se lo proponen.
Incluso, pueden llegar al extremo de convertir al presidente Donald Trump en un salvador de la humanidad merecedor de un Premio Nobel de la Paz aunque mande a matar días tras días a infelices desconocidos en altamar a quienes previamente han transformado de pescadores o simples navegantes, en lugar del Señor de la Guerra, que es su verdadera esencia.
¿Por qué este desvarío? No es un cuestionamiento a la IA que ayudará muchísimo a las sociedades del futuro y probablemente a que los cerebros de las nuevas generaciones ya no tengan neuronas deleznables y perversas porque se encontrará un método científico para eliminarlas, si es que allí están las razones de que haya gente maleva.
Traigo estás reflexiones a colación por las dudas e inquietudes que me asaltan al escuchar, y ver, en tribunas públicas, a personajes de la fauna politiquera del momento, como el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, quien expresó sobre uno de los últimos barcos hundidos de más de veinte en el Caribe con cerca de 90 muertos en total, que ’no vi sobrevivientes’, como si fuera un robot humanoide de última generación creado por la IA.
No, no hubo sobrevivientes, los mataron a todos, sin apelación, sin juicio, sin oportunidad de defenderse, incluso aunque hipotéticamente hubiesen sido delincuentes, como sí se comprobó que lo era el expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández condenado a 45 años de prisión en EEUU precisamente por narcotráfico hacia ese país y liberado por gran luchador contra el tráfico de drogas, Donald Trump.
Hegseth lo dijo de forma tan tranquila, como si se tratara de ratas, no de seres humanos, no un crimen de lesa humanidad, sino una tarea de fumigación, que me siembra esa duda razonable de si -como se dice en algunas encuestas- si es humano o es un robot de los tantos que crean a diario con la IA partidos políticos, gobiernos, y empresarios insaciables. Es que antes de la IA, declaraciones de ese tipo hubieran podido causar conmoción en la ONU, y los tribunales internacionales se hubieran activado para enjuiciarlo por criminal.
Pero, además, lo dijo en una reunión oficial del gabinete junto al presidente Donald Trump a quien aseguró, según la prensa estadounidense, que él vio ’ese primer ataque" "eso estaba en llamas, explotó entre fuego y humo. No se podía ver", ’es lo que se llama la niebla de la guerra". Pero "no se quedó", confiesa, en el intervalo en el que se decidió el segundo ataque debido a otra reunión, disculpándose de no haber estado en ese otro crimen. No dijo la cantidad de muertos.
Bueno, ya lo dijimos. La IA carece de humanidad y, por lo tanto, de sentimientos, y por eso es artificial, no pertenece al mundo del pensamiento, aunque sea resultado de este.
Pudiera creerse que, en el caso de Hegseth, se trata de un personaje virtual, o una clonación digital del peor y más abominable gusto, en un escenario que busca recrear una quinta dimensión específica, la omnipresencia, que rebase y someta a las de espacio y tiempo, y se convierta en símbolo unívoco de un poder supremo cuya intención siempre sería maldecida por el pensamiento racional, aun cuando las máquinas pudiesen crear nuevas magnitudes.
Pero no nos hagamos ilusiones. Hegseth no es un robot, y lo distinguimos enseguida de los clones virtuales o digitales de la IA en dos aspectos básicos. Uno, el principal, no es inteligente. Dos, al final de sus exposiciones nunca aparece la advertencia en las búsquedas en Internet: la IA puede cometer errores.
Lamentablemente, el secretario de Guerra se presenta siempre en su estado más puro. Su inteligencia no da ni siquiera para encubrir las graves deficiencias que lo dominan, como ya les han hecho saber muchos de los generales que discrepan de que un capitán en retiro sea su jefe.
Por eso, confieso, tengo esas dudas razonables.

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