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Las obsesiones de Meade

José García Sánchez

Las obsesiones de Meade

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Política

Abril 25, 2018 13:37 hrs.
Política Nacional › México Ciudad de México
José García Sánchez › diarioalmomento.com

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El candidato presidencial de la coalición Todos por México, José Antonio Meade, tiene una nueva obsesión: los departamentos de Andrés Manuel.

El más grande ellos no rebasa el tamaño del hall de la casa Blanca y seguramente será el equivalente al cuarto de servicio de la casa del propio Meade, pero así como estuvo repitiendo una semana el caso del taxi aéreo, ahora adopta un nuevo tic nervioso llamado departamentos de AMLO.

Meade es tan convencional que se convierte en alguien previsible y por lo tanto repetitivo. De ahí que su campaña no levante aunque diga que va a ganar.

Los mexicanos con la historia siempre agonizando y el pasado roto por la impunidad de sus autoridades, prefiere ver hacia atrás que hacia un futuro incierto.

Ante esta condición de campañas. el pasado no lo representa quien consideran Meade y Anaya, sino ellos mismos.

El convencionalismo de Meade, que ante de ir al debate fue a misa por ser domingo y Ricardo Anaya que estuvo ensayando los diferentes escenarios del debate por más de dos meses no pueden convencer desde la falta de autenticidad.

Meade es prácticamente el candidato perfecto, ya se autodenominó ser el más preparado, el más honesto, el más decente. Es decir, un Godínez de altos vuelos.



El candidato a cualquier puesto de elección popular en un país como el nuestro debe irrumpir en la inercia, cuestionar las costumbres de la clase política, evitar la continuidad, romper las estructuras existentes; sin embargo, Meade hace todo lo contrario. Quienes conforman su equipo de campaña son iguales que él. Basta ver a Aurelio Nuño con una inercia asentada en el confort convencional de su clase privilegiada que le impide conocer su propio país.

Meade estrena obsesión y sigue contra las conductas o supuestas propiedades del puntero, enemigo a vencer a pesar de que ocupa el tercer lugar. Meade no se ocupa del segundo lugar que debe remontar para avanzar, simplemente quiere ser como el puntero y en el intento se va su energía hasta convertirse en una especia de alabanza al que va ganando.

Durante el primer debate presidencial, Meade acusó a su rival de Morena, Andrés Manuel López Obrador, de mentir en su declaración 3de3, pues afirmó que no reportó tres departamentos que aparecen en el Registro Público de la Propiedad.

Las declaraciones patrimoniales, los documentos básicos de una conducta ilícita, las facturas de las horas de vuelo del taxi aéreo se convierten en Meade como la punta de lanza para bajar del primer lugar al abanderado de Morena que se afianza más con sus críticas.

Muchos de los que apoyan a López Obrador y a Anaya Cortés, lo hacen por el hartazgo de lo que representa Meade. Así, el cansancio es tan grande en la población que el primer y segundo lugares están en esa posición por gente como Meade, por lo que representa, por su origen, por su propuesta de continuidad, de tal suerte que mientras más se obsesiona por algo o alguien lejos de desgastar la imagen cuestionada la fortalece.

El hartazgo que representa Meade no es un asunto personal, pero él, en su infinita ingenuidad de estudiante aplicado, quiere culpar a otros de lo que sea, cuando en realidad el único culpable de que vaya en tercer lugar es el partido que representa y los funcionarios que irresponsablemente lo empujaron a hacer el ridículo que ahora exhibe.

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