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Enero 02, 2019 13:16 hrs.

José García Sánchez › diarioalmomento.com

Política Nacional › México Ciudad de México


Si la ruptura del silencio de los ex presidentes era estridente, las palabras de los candidatos perdedores a la Presidencia de la República lo es más, en momentos de verdadera transformación.

La insistencia de Meade por robar espacio en los medios con el pretexto de que cree en Santa Claus y su pueril nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue sólo nos habla de un personaje en busca de reflectores.

La capacidad intelectual que le adjudicaron al candidato del PRI, se desmorona con sus forzadas apariciones públicas frente a una población que mostró estar harta de lo que su figura, cara, costumbre, hábitos representan.

Para algunos es simpático, no es mi caso, pero la situación no es personal. No lo fue el día de las elecciones, la gente votó por otra opción porque lo que representa es repudiado. Su propia forma de vida, un clasemediero convencional, previsible, común y poco adaptable a los cambios no podía ser candidato de nadie.

Porque los nueve millones de votos no se debieron a las simpatías personales o por los atractivos programas de su partido sino por la intervención de la gran maquinaria del poder que no dio de sí esta vez, pero hizo lo que pudo y fue mucho, si tomamos en cuenta el hartazgo y los excesos de un grupo de personajes que deberían estar no sólo en la cárcel sino en el olvido de los mexicanos.

Meade se convierte en la cara del pasado que se asoma al presente para ver si los rencores se reducen a recuerdos, los odios se vuelven nostalgia y los delitos impunidad.

Es el termómetro de un priísmo al que nunca se acercó, militancia que rechazó, pero finalmente sirve a los mismos intereses. A los mismos amos. Es decir, Meade sigue en funciones políticas, partidistas y conservadoras. Eso del dominó, el aeropuerto de Texcoco y la Navidad son los pretextos que el sirven a sus jefes para ver cómo van las simpatías de los mexicanos hacia ese pasado que delinquió sin castigo y actuó sin consenso social.

De esos todavía hay muchos en la administración pública. Peligrosos que como quistes malignos del pasado pueden desatar una urticaria en el nuevo gobierno. El caso de la innecesaria Dirección General de Medios Impresos de la Segob, es un ejemplo que Olga Sánchez Cordero debe tomar en cuenta. Están agazapados para entrar en acción en labores de sabotaje y desprestigio, de filtraciones de información y creación de rumores.

El pasado inmediato en la política no puede accionar públicamente mientras no haga un examen de conciencia a fondo. Pero la autocrítica fue expulsada del PRI hace mucho tiempo.

El PRI, luego de tantos años de ejercer el poder, tiene muchas trincheras. Todas obvias porque la impunidad descuida la discreción, pero las tienen trabajando.

El cáncer del pasado no se ha erradicado de la administración pública y puede resurgir. De las embestidas del PRI hay tantas trincheras como campo de batalla y así como la aparición de Meade pareciera ocurrente, natural, espontánea, obedece a una consigna y a una estrategia de la que el pueblo de estar alerta y la administración pública del cambio deberá cuidarse. No hay enemigo pequeño, por pequeño que sea.

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