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Enero 15, 2026 23:59 hrs.

Elvia Andrade Barajas › tabloiderevista.com

Política ›


México vuelve a colocarse en el centro del tablero internacional, no por decisión propia, sino por la forma en que Estados Unidos redefine sus prioridades estratégicas bajo el gobierno de Donald Trump. Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum insiste en que la relación bilateral debe sostenerse sobre el respeto mutuo y la soberanía, Washington avanza en una lógica distinta: presión, condicionamiento y expansión de su influencia territorial y militar.

El anuncio de Trump sobre su intención de ’encontrar una solución’ para Groenlandia —un territorio que considera vital para la seguridad nacional— no es un gesto aislado. Forma parte de una visión más amplia en la que Estados Unidos busca asegurar posiciones geoestratégicas antes de que lo hagan China o Rusia. Si el Ártico es un punto de disputa global, también lo es el corredor energético, migratorio y comercial que atraviesa México.

En paralelo, la Casa Blanca endurece su política migratoria: suspende visas de inmigrante para 75 países, incrementa deportaciones, presiona a gobiernos latinoamericanos y utiliza la revocación de visas a políticos como herramienta diplomática. Todo esto ocurre mientras México se convierte en proveedor clave de petróleo para Cuba, una decisión soberana que irrita a Washington y que Trump interpreta como desafío directo.

La pregunta que surge es inevitable: si Trump ya puso la mirada en Groenlandia, ¿también quiere a México como pieza de su estrategia de control regional?



La respuesta no es sencilla. Estados Unidos depende profundamente de México: de su comercio, de su mano de obra, de su frontera compartida, de su estabilidad política y de su papel como amortiguador migratorio.
Cualquier intento de dominación directa —militar, territorial o económica— tendría costos enormes para Washington, no solo en términos diplomáticos, sino también económicos y de seguridad. México no es un territorio remoto como Groenlandia; es un país de 130 millones de habitantes, con una economía interconectada y una relación bilateral que sostiene a ambos lados de la frontera.

Y hay un elemento adicional que vuelve aún más absurda cualquier amenaza de agresión: México, Estados Unidos y Canadá serán anfitriones del Mundial de la FIFA 2026. El planeta entero tiene los ojos puestos en Norteamérica.
Millones de aficionados viajarán, miles de millones seguirán los partidos, y la región se juega no solo prestigio, sino estabilidad económica y política.
Un ataque de Trump contra México en este contexto no solo sería un desastre diplomático: sería un golpe directo a la imagen global de Estados Unidos, a su industria turística, a su seguridad interna y a su credibilidad como anfitrión mundial. El mundo quiere venir al Mundial, no a una zona de conflicto.

Por eso, la insistencia de Sheinbaum en la soberanía no es retórica: es un recordatorio de que México no puede permitir que su destino sea definido desde fuera. La región vive un reacomodo profundo —Venezuela, Cuba, Colombia— y cada movimiento de Washington repercute en la estabilidad continental.

México está obligado a leer con claridad el momento histórico: Trump quiere conquistar Groenlandia, pero también quiere moldear a México según sus intereses. La verdadera pregunta es si a Estados Unidos le conviene hacerlo, y la respuesta, aunque incómoda, apunta a que un México fuerte, soberano y estable es más útil para Washington que un México sometido o fracturado.

Y es justamente esa fortaleza, esa soberanía y esa estabilidad lo que México debe defender.

eba_elya@yahoo.com.mx
reportajesmetropolitanos@gmail.com.mx





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México entre la soberanía y la ambición geopolítica

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