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Octubre 16, 2019 20:39 hrs.

Alejandro Cea Olivares › diarioalmomento.com

Economía Nacional › México Ciudad de México


Sr. Director:
Te envío una visita a un pueblo dedicado a hacer camisas pero hoy cercado por el miedo. Estos recuerdos son para incentivarte a que escribas algunas vivencias. En momentos tan difíciles como los que estamos viviendo en México una de las pocas agarraderas es recuperar nuestras pequeñas historias y vivencias. Al escribirlas nos apoderamos de nuestra memoria y sentires y al compartirlas nos enriquecemos mutuamente y nos descubrimos como capaces de sentir y actuar en común.

Ojalá lo leas y escribas algo similar

Alejandro Cea Olivares

PAPELES DESDE TULANCINGO.

PARA CAMISAS SANTA MARÍA LA ASUNCIÓN.

Para camisas Santa María la Asunción. Cerca de Tulancingo. En la vieja carretera a Tuxpan, ahí a mano derecha está. Antes había anuncios de las fábricas familiares, muchas de gran y buena producción. Hoy sólo un letrero: Santa María.
Los camiseros de Santa María recorren la región en camionetas pick up con caseta. El jueves es día sagrado: van a la Feria del Vestido de Tulancingo. En un enorme terreno cientos de puestos en manos de fabricantes locales ofrecen todo lo que tenga ver con ropa. Quien tuvo la feliz idea de crear la Feria del Vestido impidió que Tulancingo se llenara de ambulantes y logró que productores y compradores gocemos de un lugar seguro y digno. Ni la mayor de las naco plazas de las ciudades tienen tal oferta en cuanto a vestimenta.
Porque únicamente uso y regalo ropa del país y evito, como si fuera de leprosos, la traída del otro lado, decidí pasar por Santa María: me compro algo y comienzo a preparar los regalos de Navidad.
Hacía años que no entraba al pueblo. Recordaba los anuncios y algunas pequeñas tiendas para la venta al menudo. Ni unos ni otras. Preguntamos a un señor de edad por las fábricas de ropa. Señaló sin muchas precisión. –Aquí hay muchas. Se dan vuelta a la izquierda y luego hasta el fondo detrás de la secundaria, en todas las casas grandes se fabrica.
-¿Cuál tendrá camisas de puro algodón? Yo creo que todas, pero mejor por ahí pregunte.
Avanzamos. Recordaba una Santa María Asunción con la armonía de los pueblos del altiplano: calles anchas, casas de a lo más dos pisos con techos de teja, ventanas o de madera o de hierro colado con cuadrícula de vidrios pequeños. Bardas y muros de adobe recubiertos y por tanto siempre con roturas y especias de bolsas del yeso. Casi siempre un gran zaguán de madera: eran casas que albergaban vacunos y equinos. Casas de tradición, de recuerdos. Casas donde se atendía el parto de los nuevos y se acompañaba la agonía y muerte.
La Santa María de hoy, por el esfuerzo de las familias de los camiseros, tiene casas de dos o tres pisos. Modernas de grandes ventanales unas y, otras intentando imitar al estilo colonial mexicano. En cada casa una antena y portón que permite la entrada de carros y camionetas. Cada casa construida como si las demás no existieran. Pueblo como el de las colonias de nuestras ciudades, sin armonía; pero casas mucho más cómodas que las de antes. Pueblos y colonias donde la comunidad perdió y los egos personales triunfaron.
Ningún letrero identificaba las fábricas. Y lo más extraño, ninguna persona en la calle. Todo cerrado. Los ventanales con cortinas: ni un resquicio de vida. Por fin en una tienda un pequeño grupo. Pregunté al más cercano, un gordito de playera sucia, descuidado:
-Disculpe quiero comprar unas camisas de algodón, ¿Dónde puedo encontrarlas? Me respondió lo mismo que el anterior: aquí hay muchas fábricas, en todas las casas. Añadió: - ¿Cuántas quiere comprar? Máximo una docena.
-Pues búsquele, pero si toca en las casas es casi seguro o que no le abran o que le abran con las pistolas.
Habla en broma, pensé. Su mirada me hizo saber que hablaba en serio.
Recordé que un día en octubre del 2018 la gente salió a las calles, las campanas del templo repicaron. Tres sujetos fueron amarrados, golpeados, balaceados y quemados aún con vida. Eran, según se dijo, ladrones de casas. Eran, lo dijo la policía, huachicoleros asesinados por otros huachicoleros. La causa no importa: en Santa María, pensé se mata. Las palabras del gordito no eran broma.
Ni buscamos más, ni menos nos atrevimos a tocar en ninguna casa. Las calles se volvieran largas, vacías, adversas. Las casas grandes como de ciudad, monumentos a la falta de cultura del gremio de arquitectos, se me convirtieron en castillos del miedo. Estábamos en tierra extraña.
Ya para llegar a la carretera nos detuvimos en una pequeña farmacia de esas que antes vendían medicina y hoy con los estantes casi vacíos exhiben dulces, refrescos, regalos. Me dio confianza la encargada, una mujer tan mayor como yo. – Quise comprar unas camisas pero no encontré ni siquiera un lugar de venta. Todo está cerrado.
-Aquí nadie le va a abrir a menos que venga con un conocido. Estamos cansados de tanto robo: tenemos nuestra propia seguridad. Si quiere comprar, vaya a la Feria del Vestido, ahí llegan los camiseros. ¿Para qué se arriesga? Nos fuimos y rápido.
Santa María Asunción tiene como cuatro mil habitantes, no vi ni a veinte de ellos. Su nivel de escolaridad es alto, sus ingresos también. Es pueblo cerrado por el miedo. Varios de sus pobladores ya saben lo que es participar en un linchamiento. Desconfían del extraño.
Pueblo polvoso, de casas grandes, fastuosas, de gente de trabajo y también de gente con miedo, quizá con odio. Santa María cerrada, aislada. Sin niños jugando en la calle, sin jóvenes platicando, sin viejos sentados a la puerta de sus casas. Santa María la de los muros y puertas cerradas, igual que tantas de nuestras colonias: sin vida, sin convivencia.
-A mi marido, nos dijo la señora de la farmacia, lo robaron tres veces. Los ladrones se metían a las casas de los camiseros y hacían horror y medio. Ese horror se quedó: lo sentí en las calles vacías, en la información imprecisa, en la velada amenaza. Santa María se cerró sobre si misma y eso que está a veinte minutos de Tulancingo y a pie de carretera. Santa María la tierra de camiseros donde nadie vende una camisa al extraño.

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