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Mayo 12, 2019 19:00 hrs.

José García Sánchez › diarioalmomento.com

Política Nacional › México Ciudad de México


Los partidos políticos y su peso legislativo se muestran poco activos, nada eficientes en su labor social. Sus declaraciones suelen estar fuera de lugar y sólo se preocupan por cuestionar en lugar de proponer o simplemente de criticar con bases sólidas.


El PAN, con un liderazgo de parvulitos, el PRI se desmorona en pedacitos, el PRD sobrevive con oxígeno y suero en una larga agonía.


Acción Nacional, que es la segunda fuerza política del país, muy lejos de Morena en cuanto a votos y simpatías, arriesga mucho en las elecciones del 2 de junio, donde perderá, por lo menos dos gubernaturas y varias presidencias municipales, consideradas como bastión de ese partido.


El PAN ni siquiera fue capaz de detener la reforma educativa de Peña Nieto, que defendió hasta el último momento. A pesar de los esfuerzos de los ex presidentes panistas por encabezar una oposición más o menos articulada, sus incongruencias políticas provocan el rechazo generalizado de la población.


El PRI busca hasta por debajo de las piedras los 5 millones 350 mil militantes para que refrenden su adhesión, cuando en realidad no los encontrarán por ningún lado y deberán ser dados de baja. El tricolor no puede basarse en el pago de sus cuotas porque en realidad es una práctica que los priistas desconocen. Menos del 10 por ciento paga sus cuotas, sólo lo hacen cuando se inscriben a las precandidaturas para puestos de elección popular porque es un requisito obligatorio.


El PRI no sabe cómo definir su futuro respecto al poder y tiene en su elección interna para presidente del CEN, una inminente quiebra financiera y una división. Las dos partes visibles de la división implica su sobrevivencia: una apoya una votación de todos los militantes y otra busca se mantenga una decisión desde las cúpulas. La primera implica invertir un dinero que no tienen y que de aplicar se convertiría en una deuda muy difícil de pagar, la otra, simplemente arrojaría su suicidio político, que repercutiría en una salida masiva de militantes, muchos de ellos se irían a otros partidos.


En ambos bandos vuela un fantasma: la cercanía con el poder al que están acostumbrados en los políticos y sin el que no pueden sobrevivir en lo económico. Las gestiones del PRI, incluso durante el periodo panista, su labor, en la mayoría de los casos individualmente, de gestoría, de cabildeo, de relaciones públicas les permitía cierta holgura que hasta podían pagar sus

cuotas. Ahora ni padrón tienen, la lista de sus militantes es un espejismo que deberá actualizarse y que redundará en una desagradable sorpresa.


Los protagonistas de las marchas de inconformidad ante el actual gobierno requieren de un partido que dé coherencia a sus peticiones que son de lo más heterodoxas. Requieren hilvanarse con un líder o a través de un partido, de otra manera desaparecerán.


La oposición formal, tradicional, convencional pareciera estar más cerca de la división que de la lucha por concretar su función social. Todo hace suponer que no pueden trabajar al mismo tiempo en su reconstrucción y en su papel histórico que justifica su existencia.

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