‘Plañideras’ involuntarias dicen adiós al Estadio Azul


Vendedores ambulantes viven el duelo por el inminente derrumbe del inmueble


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Septiembre 09, 2018 21:39 hrs.
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Jesús Yáñez Orozco › diarioalmomento.com

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+Algunos con más de 20 años expenden recuerdos, camisetas sobre todo

+Con el Azteca y de CU, uno de los tres con que contaba la ciudad

Ciudad de México, (BALÓN CUADRADO).-Es el adiós definitivo. Afuera del Estadio Azul –con capacidad para unos 36 mil aficionados– se vive otro drama. Mudas, inconscientes, silenciosas, plañideras, un puñado de vendedores ambulantes, hombres y mujeres, sobre las aceras, como hace más de dos décadas, desde que Cruz Azul llegó aquí en la temporada 1996-97, se preparan para despedirlo. En 22 años –44 torneos cortos– de frustraciones: jamás ganó un título de liga.

Por eso, con ácida sorna popular, se forjó el verbo ’cruzazular’, eufemismo de derrota. Era el equipo ’chamoy’, como se dice en México, por salado.

Irónicamente, el estadio está construido en forma de embudo. Un hoyo de unos 40 metros de profundidad. Virtual sepultura de cemento. Otra broma del destino: a Cruz Azul se conoce también como ’La Máquina’ o ’Cementeros’

El cielo plumbago presagia lluvia. Miran negociantes el paso cansino de aficionados, mirada ávida, que preguntan precios antes y después del juego. Unos y otros ponen encendidos rostros de rechazo cuando oyen cifras. Regatean. Acuerdan.

Son parte de los casi 25 mil dolientes que ingresan a las entrañas de este cadáver insepulto desde las 14:00 horas, 180 minutos antes del juego. Se había anunciado que el último encuentro sería el partido oficial de La Máquina, contra Morelia, el pasado 21 de abril.

Escena que, todo indica, no se repetirá aquí. Este Inmueble fue construido hace 72 años. Fue emblemático, referente, de la ciudad, Será convertido en mall –centro comercial–. Ahí jugaron, también, América, Atlante y Necaxa, antes de la construcción del Estadio Azteca, 1966. También hubo fútbol americano. Sólo falta que la autoridad extienda su acta de defunción.

Este sábado cobija el último partido de fútbol profesional. Es denominado con el eufemismo de ’Leyendas’ –jugadores en retiro, algunos en el dintel de la ancianidad—, también llamado ’Clásico Joven’ del fútbol mexicano. Gana 3-1 América a Cruz Azul.

Son dos de los cuatro clubes más populares del balompié local, con Pumas y Chivas–. Dicho partido es a beneficio de una fundación altruista que apoya el Papa Francisco, y que termina en violencia.

Estuvo a punto de costar muertos y heridos por la negligencia de la autoridad y organizadores, encabezados por el ex futbolista Missael Espinoza.

Visten luto virtual mientas anuncian sus mercancías: playeras –de ambos equipos 150 pesos, unos ocho dólares –cuando el salario mínimo es de 88 pesos diarios, poco más de cuatro dólares– gorras, chamarras, sudaderas, llaveros… Cuando hay juegos contra América, Chivas o Cruz Azul, llegan a vender más 10 mil pesos en productos –poco más de 500 dólares. Contrasta con los juegos ’flojos’, unos 800 pesos, promedio.

Con rostros contritos, cruzados por el duelo, acuden al velorio de este elefante gris, próximo a ser sepultado –por más cemento y hormigón– en el panteón del olvido.

Sus palabras se convierten en lloro –diminutas perlas acuosas–, como la lluvia que cae fugaz.

Doña Catalina Castañeda, sexagenaria, tiene más de 15 años como vendedora. Mira con tristeza el retorno de Cruz Azul al estadio Azteca. Allá tuvo que ir a vender con sus nieta en brazos. A punto del llanto, suelta, envuelta en delantal banco, irredento tono chilango:

–’No es lo mismo. Aquí vendemos más’.

Quebrantada voz, sigue, removiéndosele la entraña:

–’En el último partido contra Morelia sentimos re feo. Lloré’.

Durante la labor reporteril de Balón Cuadrado, antes del juego,ocurre la irremediable reventa. Una mujer madura, rostro donde se dibuja una amable dureza. Impositiva, suelta su retahíla, en voz baja para no despertar sospechas:

’¿Le sobran boletos? compro boletos… compro boletos…’

Mira de reojo, cuidándose de la policía. Viste entallados jeans, blusa blanca, ajustada, y tenis multicolores.

Encargados de varios puestos improvisados cobran 10 pesos por cuidar cinturones y mochilas. El aparato de seguridad impide su ingreso al estadio a quienes los portan.

’¡De este lado: se cuidan moooochilaaaaas y cinturooooneeeeees!’ lanza la arenga.

Otro vendedor, con una sonrisa amarga, Brandon Nájera Salgado, reconoce que, sí, sí, significa una merma en la venta la mudanza del equipo.

Matiza, tras 20 años de experiencia en el ramo:

’Sigue vendiéndose bien aunque el equipo pierda.

Una mujer que lo acompaña, que omite su nombre, también comerciante, secunda:

’La afición siempre ha sido fiel, pese a tantos años sin conseguir un título. Llegué aquí cuando era niña’, agrega, casi en el dintel de los 25 años.

Remata amorosa:

’Imagínese: mi padre me traía en brazos’.

Una voz varonil, metálica, rompe el emotivo momento:

’¡Mandiles… mandiles!’, canta un hombre cincuentón muestra la prenda en una especie de pendón improvisado, con base de madera. Se observa la figura dibujada de una escultural mujer en diminuto bikini, impresa en lona.

–¿Cuánto valen?

La imagen puede contener: una persona, de pie y exterior

–100 pesos, patrón, dice con sonrisa pícara, mientras de su cuello pende uno.

Gabriel Hernández Tovar tiene una historia emblemática. Con más de cuatro décadas de vida, responde a la pregunta, sobre qué significa que El Clásico Joven de viejitos, al parecer, último evento en el Estadio Azul.

–Así nos han traído desde el juego con Morelia. Se suponía que era el último partido. Pero ya ve: Van varios juegos amistosos que se han celebrado desde entonces.

–¿Le ha afectado?

–Poco o mucho, es una venta garantizada. Una oportunidad de tener trabajo seguro, porque muchos no lo tienen.

Explica que cuando hay mejor ’merca’ –venta de productos— es en los juegos de Cruz Azul contra Chivas, América, Pumas, incluso Tigres.

Su octogenario abuelo, Francisco Chávez Martínez, dice ufano, fue el primero que se instaló como vendedor de souvenirs en el Estadio Azteca, en 1966, hace más de medio siglo. Luego en el México 68 de Ciudad Universitaria. Fue de los primeros en llegar al Estadio Azul hace más de dos décadas.

Incluso –narra con la mirada encendida de orgullo filial– fundó la Asociación de Vendedores Ambulantes de Productos Deportivos de la Ciudad de México.

’Sigo con la tradición que me heredó el abuelo. Y no la pienso dejar’, suelta con hondo suspiro.

Todos plañen lágrimas verbales por este elefante gris.

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