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Armando Fuentes Aguirre


Plaza de almas

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Diciembre 26, 2018 14:08 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
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¿Quiénes fueron los primeros que vieron al Niño Dios después de María y José? No fueron los ángeles ni los pastores, es decir las personas del Cielo y de la Tierra. Fueron la mula y el buey, es decir las bestezuelas de Nuestro Señor. El segundo aliento que recibió Jesús después del soplo del Espíritu fue el vaho con que el buey y la mulita del pesebre le dieron su calor. En eso veo un profundo simbolismo: a través de aquellas dos humildísimas criaturas animales todo el universo de lo creado, toda la obra de la divinidad, estuvo en el portal de Belén. Esos dos seres representaban a todos los seres y las cosas habidos desde el principio de todos los tiempos. Creyentes y no creyentes están de acuerdo en algo: las criaturas animales llegaron al mundo antes que los hombres. Lo dicen lo mismo Darwin que la Biblia. En esta segunda creación –eso es la Navidad; una nueva creación, un nuevo principio de las cosas– también los animales antecedieron a los humanos. Por ellos se junta el Génesis, libro primero del Antiguo Testamento, con los Evangelios, primeros libros del Nuevo. Los animales llegaron antes que las criaturas humanas al jardín del Edén. También la mula y el buey estuvieron antes que los pastores y los reyes en el pesebre donde nació Jesús. Con la presencia de esos animalitos se cierra el perfecto círculo de lo anunciado. Ellos hacen que se cumplan las profecías y dan unidad al mensaje de salvación que empieza con la pérdida del Paraíso y culmina en la noche de Belén, principio de la Redención. Por eso en ningún nacimiento –belenes se llaman en España– deben faltar el buey y la mulita. Tienen la misma importancia que los pastores y los ángeles. También ellos son protagonistas de la Navidad. Desde luego esto de los animalitos es cosa de la tradición. También lo son los Reyes Magos con la leyenda de sus nombres y de sus regalos: el oro, el incienso, la mirra. Pero la tradición llega a tener fuerza canónica cuando todo el pueblo de Dios la ha hecho suya. Desde que San Francisco de Asís instituyó la costumbre de los belenes o nacimientos ya aparecieron la mula y el buey como personajes de primer orden en la representación. Desde entonces son figuras obligadas de la Navidad. Hagamos este día la entrañable recordación de estas dos humildísimas criaturas que acompañaron a Jesús, María y José en la maravillosa noche de Belén. No era poca compañía esa de los animalitos del portal. Ya ellos estaban junto al pesebre cuando llegaron ahí el carpintero y su esposa. También ya todos los animales y las cosas estaban en el Edén cuando llegaron a él Adán y Eva. Eso debería hacer que los hombres fuéramos más humildes: somos recién llegados a esta tierra; la ocupamos después de sus primeros moradores. Somos invitados en casa ajena. También a la Navidad llegamos en segundo lugar. Este día celebremos con gozo el gozoso misterio de la Encarnación por el cual Dios se hizo hombre para compartir con nosotros nuestra humanidad y acercarnos por medio de Jesús a lo divino. Sintamos el júbilo –y el dolor presentido– de María, la madre, y admiremos a José, el carpintero, el padre adoptivo que quizá nunca comprendió el misterio, pero que se rindió a él y creyó lo que sus sueños le dijeron. Alguna vez dudó –era humano como nosotros–, pero al final admitió el prodigo: había en él la luz de lo divino. También en nosotros brilla esa misma luz. Al mirar con los ojos del cuerpo y los del alma a Jesús, José y María en las figuras del nacimiento no olvidemos a los animalitos, a la mula y el buey que la milenaria tradición coloca junto a ellos. Olvidarlos es olvidarnos de lo creado, y no entender que el acontecimiento de Belén fue una segunda Creación… FIN.

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