En las Nubes

Qué nos espera (dos y fin)

Carlos Ravelo Galindo

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Mayo 23, 2018 19:22 hrs.
Entretenimiento Nacional › México Ciudad de México
Carlos Ravelo Galindo › diarioalmomento.com

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Y, añade don Fernando Calderón Ramírez de Aguilar, que al ocupar los vertebrados los continentes, pronto apareció una nueva complicación en su naturaleza: la sangre caliente. Los animales acuáticos no la necesitaban puesto que las variaciones de calor y frío son mucho menores en el agua que en el aire, sobre todo en las grandes profundidades. Para protegerse del frío excesivo que en algunos periodos prevaleció en la Tierra, los animales terrestres tuvieron tres medios de defensa: la grasa que en enormes cantidades les formaba una coraza debajo de la piel. La pluma y el pelo, o sea las defensas exteriores, y, por fin, la maravillosa capacidad de poder mantener la sangre caliente por combustibles interiores. Los reptiles, cuya sangre es todavía fría y su cuerpo está sólo cubierto con escamas, tuvieron que acumular grasa y más grasa para resistir los cambios de temperatura. Esto debió de serles fatal, pero por algún tiempo los reptiles fueron los amos supremos del mundo y alcanzaron dimensiones gigantescas no superadas por ningún otro tipo de animal viviente. Tienen formas fantásticas. Largos cuellos. Cabezas muy pequeñas, y colas enormes en las que se apoyan. Deberían marchar sobre cuatro patas, pero, para combatir, algunos de ellos se levantarían sobre sus miembros posteriores apoyándose en la cola. Algunos tenían membranas colgantes de sus patas delanteras para servir a modo de paracaídas. Otros, como el dinosaurio, tenían cuernos formidables; y otros más, podían lanzar fluidos venenosos o chorros de sangre para asustar a sus enemigos. La humanidad tiene recuerdos extraños de una lucha persistente del hombre con los últimos supervivientes de los reptiles gigantescos. Estas tradiciones se encuentran ya en las razas inferiores y constituyen un gran enigma. Es muy posible que el hombre nunca haya sido contemporáneo de los dinosaurios, los plesiosaurios, etcétera, que reinaban durante el periodo mesozoico. Su extinción no pudo producirse ni por el hombre ni por los demás vertebrados que le precedieron. Los reptiles fueron sorprendidos por algún cambio geológico que hubo de producir una temperatura impropia para ellos. Con su grasa enorme no pudieron escapar a tiempo y su sangre fría no les permitió reaccionar. Todavía hoy, en invierno, los reptiles no pueden más que aletargarse y enterrarse en el suelo esperando los días en que volverá a calentar el sol. Existen algunas de ideas modernas acerca de las leyes que se supone regulan la evolución de la vida en la Tierra. La primera ley es la que llama adaptación al medio ambiente. La segunda es la de la selección: sólo resisten y sobreviven los más fuertes y los mejor dotados para la vida. Y la tercera es la de la complejidad: los sistemas, la naturaleza, el universo, tienden a hacerse cada vez más complejos. El botánico holandés Hugo Marie de Vries (1848-1935) menciona que, sin saber bien porqué, la misma especie entra en un periodo de actividad loca. Se reproduce y se extiende, a lo que le llama periodo de mutabilidad, ya que aparecen individuos tan diferenciados de los demás que inauguran una especie nueva: hay una mutación o variación. Ya Charles Darwin (1809-1882) había apreciado algunos fenómenos de este tipo, pero dijo que eran caprichos de la naturaleza que a veces producen monstruosidades. Para él no había otro cambio posible que el producido por el ambiente en el organismo desarrollado. Tras el sesudo estudio con que nos ilustra nuestro médico Fernando Calderón Ramírez de Aguilar, sólo nos queda añadir: a lo que hemos llegado. craveloygalindo@gmail.com

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