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Enero 21, 2020 13:13 hrs.

Carlos Ravelo Galindo › diarioalmomento.com

Entretenimiento Nacional › México Ciudad de México


Hablar del doctor, escritor, poeta y mejor amigo don Fernando Calderón Ramírez de Aguilar, nieto del periodista Jacobo dale Vuelta, y sus escritos que tantas veces utilizamos, nos hacen recordar el aún heroico pasado.
Y al enterarnos de su fallecimiento –un fallo respiratorio-- en Mérida, Yucatán, --él vivía en su natal Oaxaca con su esposa y amor Carmen--, nos llena de tristeza.
Director de traumatología del Siglo XXI, delegado del IMSS, salvar la vida era su encomienda.
Somos testigos fundamentales nuestro hijo, el abogado Jorge Alberto y nosotros, Bety y CRG.
De sus hijos, queda un nieto. Que los venera. Vive en Europa.
Leer a nuestros colegas, le recordábamos constantemente, al escudriñar sus trabajos prosísticos, nos hacen vivir glorias pasadas, y nos invita a platicarlas también.
Y más si se cuentan con atildada prosa como acostumbra don Jorge Herrera Valenzuela, con más de sesenta años de dominar, y bien, el periodismo.
También a Fernando Calderón Ramírez de Aguilar, allá arriba, EN LAS NUBES, donde ya descansa de nosotros, le gustará lo que aprovechamos, del colega periodista.
Se remonta a los años veinte del siglo XX, en donde predominaba el baile ’profano’, pues enseñaban las coristas, hasta el huesito.
Mejor su texto que tituló María Conesa y La Banda del Automóvil Gris.
Con mucho optimismo les comento que los ’Años Veinte’ del pasado siglo fueron famosos por los sucesos que forman parte de nuestra Historia Patria y otros de la farándula que se mezclaron con la delincuencia.
Para muchos, aunque no vivimos esa etapa, oímos de ella, es recordar y para las nuevas generaciones, pues, les entero de esos acontecimientos.
Hace un siglo, precisamente en 1920, seguían los combates entre villistas, zapatistas y carrancistas.
Comenzaba una década de mucho ruido y la vida continuaba con ’cierta normalidad’ en el Distrito Federal, los teatros de revista daban funciones y las familias salían a su paseo dominical a la Alameda Central y a misa de las 12 del día en la Catedral Metropolitana.
Chapultepec y Xochimilco, también en domingo, eran sitios concurridos.
Entre los muchos gratos recuerdos que me contaron quienes vivieron ’esos gloriosos años veinte’, sobresale el espectáculo que se presentaba en el Teatro Principal, en la Ciudad de México, donde bellas jóvenes lucían atrevidos vestidos y provocaban la gritería de los hombres ubicados en luneta y en galería.
Destacaba una mujer que ’volvió locos’ a Pancho Villa y a Emiliano Zapata, además de codearse con el presidente Venustiano Carranza.
Villa pretendió secuestrarla y Zapata le hizo muchos regalos.
Esa mujer era una españolita, valenciana, que llegó a México en el comienzo del Siglo XX y se llamaba Dorotea Conesa Redó.
Se encumbró mundialmente con el nombre de María Conesa.
En La Habana, Cuba, donde triunfó glamorosamente, le impusieron el sobrenombre de La Gatita Blanca, como se le conoció en todos los medios sociales y artísticos.
El Teatro Principal, de la Capital Mexicana, fue uno de los escenarios donde diariamente la gente abarrotaba las localidades.
María Conesa entabló sus relaciones profesionales con dos grandes de la farándula: Esperanza Iris y Prudencia Grifel.
También fue la época de las no menos notables tiples Celia Montalbán, Lupe Rivas Cacho, Aurora Walker, Mimí Derba y Lupe Vélez.
Sus candentes y sensuales movimientos, acompañados de las notas del charlestón, hacían que los espectadores se olvidaran de los múltiples problemas derivados de la lucha entre los grupos revolucionarios.
La Conesa en tierra azteca tuvo trato personal, según libros y diarios, con los presidentes Porfirio Díaz, Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Plutarco Elías Calles, Pascual Ortiz Rubio y Manuel Ávila Camacho.
La también llamada ’La Tiple de la Revolución’ murió en la Ciudad de México el 4 de septiembre de 1978, donde debutó en la zarzuela ’La Verbena de la Paloma’, misma que interpretó, días antes de morir, en el Teatro de la Ciudad que actualmente lleva el nombre de Esperanza Iris.
Los biógrafos de La Gatita Blanca relatan que entre sus amistades se llegó a contar el general Juan Mérigo, guanajuatense que egresó de la Escuela Naval cuando tenía 23 años de edad.
Incluso se dijo que eran amantes y ninguno de los dos lo desmintió.
El señor Mérigo, a las órdenes del general Pablo González, se vio involucrado en hechos delictuosos, que él mismo narró en el libro ’La Banda del Automóvil Gris y Yo!’
Ese grupo delictivo empezó cometer sus fechorías en 1915, según datos periodísticos, bajo la dirección de Higinio Granda y Francisco Oviedo, quienes jamás se vieron tras las rejas como algunos de sus cómplices, varios de los cuales fueron asesinados.
La Banda surgió después de un motín que hubo en la Cárcel de Belem, que estaba en donde hoy es el Centro Escolar Revolución, frente a las instalaciones principales de Televisa.
Mucho se habló de que Granda y Oviedo gozaban de la protección del general Mérigo y que su modus operandi era llegar a residencias de personas millonarias, presentaban una falsa orden de cateo y entraban a las habitaciones.
Robaban joyas y dinero.
Usaban uniformes militares.
De cada uno de los robos, decían los enterados, el general Mérigo un ’cacho’ se lo entregaba a ’su’ Gatita.
Por supuesto que conocer la historia es volver a vivirla.
craveloygalindo@gmail.com

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