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Enero 11, 2026 21:17 hrs.

Meliza Sandoval › tabloiderevista.com

Periodismo ›


Vivimos en la era de la consciencia ambiental.
Separamos la basura meticulosamente, llevamos nuestras bolsas de tela al supermercado y nos angustia —con razón— el agotamiento de los recursos del planeta.
Entendemos perfectamente la lógica de la sostenibilidad ecológica: no podemos extraer de la Tierra más de lo que ella puede regenerar, porque el sistema colapsa.
Es una matemática simple de supervivencia. Sin embargo, existe una desconexión fascinante y trágica en cómo aplicamos esta lógica.
Mientras nos preocupamos por la huella de carbono externa, ignoramos casi por completo nuestra "huella energética" interna. Somos activistas con el planeta, pero depredadores con nuestra propia mente.
Hemos normalizado vivir en números rojos.
Celebramos el agotamiento como si fuera una medalla al mérito profesional.
En la cultura de la hiperproductividad y la conexión permanente, quien duerme poco es un héroe y quien dice "no puedo más" es sospechoso de debilidad.
Hemos confundido la resiliencia —esa noble capacidad de reponerse ante la adversidad— con el simple "aguante", que no es más que apretar los dientes hasta que algo se rompe por dentro.
Aquí es donde urge introducir un concepto vital para el siglo XXI: la ’Sostenibilidad Emocional’.
Si la sostenibilidad ambiental busca un equilibrio ecológico a largo plazo, la sostenibilidad emocional busca exactamente lo mismo para nuestra psique. Es la capacidad de gestionar nuestra energía vital, nuestras emociones y nuestro estrés de manera que podamos seguir siendo funcionales, creativos y empáticos a lo largo del tiempo, sin hipotecar nuestra salud futura.
No se trata de la tiranía de la "positividad tóxica", que nos exige estar siempre felices. Al contrario.
Una persona emocionalmente sostenible sabe que habrá tormentas, crisis y días oscuros.
La diferencia radica en que ha cultivado los recursos internos para navegar esas tormentas sin hundir el barco y, crucialmente, sabe cuándo debe parar en el puerto para reparar las velas.
El problema actual es que tratamos nuestra energía mental como si fuera un pozo sin fondo. Aceptamos proyectos cuando estamos al límite, absorbemos el drama ajeno sin filtros y consumimos noticias catastróficas desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos.
Hacemos retiros masivos de nuestra cuenta bancaria emocional, pero rara vez hacemos depósitos de descanso, silencio o genuino placer.
El resultado inevitable es el burnout: la quiebra técnica del sistema nervioso.
Una sociedad compuesta por individuos quemados no puede construir un futuro próspero. Un padre agotado no puede criar con paciencia; un líder exhausto no puede tomar decisiones lúcidas.
La falta de sostenibilidad individual se convierte inevitablemente en un problema colectivo.
Es hora de aplicar la misma urgencia que sentimos por el Amazonas a nuestro propio ecosistema interior.
Debemos empezar a ver el descanso no como un lujo para cuando sobra tiempo, sino como una necesidad biológica no negociable.
Debemos aprender que poner límites no es egoísmo, sino un acto de conservación.
Cuidar el planeta es indispensable. Pero de poco servirá un mundo más verde si quienes lo habitan están demasiado rotos por dentro para disfrutarlo. La verdadera revolución sostenible empieza por reconocer que nuestra energía también es un recurso limitado, precioso y, lamentablemente, no siempre renovable. #MellSLaure

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Sostenibilidad emocional

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