1

2,086 vistas

Diciembre 09, 2019 00:40 hrs.

Fernando Irala › tabloiderevista.com

Política Nacional › México Ciudad de México


Un día después de la visita del fiscal estadounidense, William Barr, a nuestro país, Donald Trump hizo un singular anuncio, o más bien su postergación: dijo que tiene todo listo para declarar terroristas a los grupos de narcotraficantes que operan desde México, pero que por ahora no lo hará a petición del presidente López Obrador, porque le tiene gusto y respeto.
La noticia le dio un respiro al gobierno mexicano, inquieto desde que el mandatario del país vecino revivió su amenaza hace tiempo expresada.
El proyecto ya era viejo, decíamos, pero tal vez lo revivió nuestro canciller cuando ante la masacre causada en El Paso por un tirador solitario, planteó clasificarla como terrorismo contra los mexicanos, y con ello solicitar la extradición a México del culpable.
Probablemente eso le recordó, o le dio nuevos ímpetus a Trump, para poner en marcha su nuevo espantajo contra nuestro país.
La actuación de los grupos criminales en México encajan con el concepto: desde su primer evento en la década pasada, en que arrojaron cabezas de sus víctimas en un centro nocturno de Morelia, hasta la quema de lugares en que encierran a los presentes, o las emboscadas en caminos rurales.
¿Por qué hay tal oposición a la estrategia del gobierno estadounidense?
Porque la declaratoria norteamericana, según las leyes de aquel país, le da luz verde para todo tipo de acciones militares, empezando por el envío de tropas, incursiones aéreas, o sanciones contra los gobiernos que, a su juicio, solapen o patrocinen la actuación de los grupos identificados como terroristas.
¿Cómo lucirían, en ese contexto, la estrategia de ’abrazos, no balazos’, o los llamados a intervenir a las mamacitas de los criminales?
Por lo pronto, la declaratoria de terrorismo se ha postergado.
El gobierno mexicano se apresuró a declarar que no se había ofrecido nada a cambio.
La opinión pública, por su parte, registró que de manera simultánea el expresidente boliviano Evo Morales abandonó el país de manera subrepticia, sin despedirse, sin las exaltadas ceremonias de llegada.
¿Coincidencia o consecuencia?
De cualquier forma, lo relevante será, si contra el crimen organizado persiste la estrategia de fraternidad, o se impone la política contraria. Como ya ocurrió con los migrantes.
Este viraje sería, sin duda, más aplaudido.


VER NOTA COMPLETA

CONTACTA AL AUTOR

Escribe un comentario directo al autor