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Abril 27, 2026 00:07 hrs.

Fernando Irala Burgos › tabloiderevista.com

Política ›


La irrupción de un hombre armado en la cena de corresponsales a la que asistía el presidente norteamericano Donald Trump el pasado fin de semana, en Washington, por fortuna no produjo ninguna víctima, aunque sí algunos disparos que propinaron un susto mayúsculo a los asistentes, la atropellada reacción de las fuerzas de élite que protegen al gobernante, y la reflexión sobre la personalidad de un hombre que ha concentrado, como ningún otro mandatario en la historia de los Estados Unidos, reiterados atentados contra su vida en los recientes años.
Este es el primer suceso de este tipo con Trump ya reinstalado en la Casa Blanca. Pero la historia había empezado antes. Durante su campaña electoral en 2024, se conocieron tres incidentes de riesgo para el ahora presidente. El primero de ellos terminó con un disparo que hirió a Trump en una oreja, y con la muerte del francotirador, un joven de veinte años que fue inmediatamente abatido, en Pensilvania. Otros dos eventos no llegaron a ser sangrientos, un individuo oculto con un rifle entre la maleza del club donde Trump jugaba al golf, en Florida, y un mes más tarde otro hombre que con un arma pretendía pasar los controles de seguridad durante un mitin en California; ambos arrestados.
En Estados Unidos y en cualquier país del planeta, siempre hay sujetos ofuscados que, cobijados por radicalismos políticos y cierta dosis de desequilibrio emocional, deciden trastornar su vida o de plano entregarla en el intento de eliminar a un líder político.
Lo notable en este caso es la repetición de las tentativas que, en una primera cavilación, son una especie de búmeran contra un personaje que en los quince meses que ha cumplido en su nuevo mandato, ha utilizado la fuerza y la agresión armada, la coerción y la amenaza contra naciones, mandatarios y líderes que no se someten a sus dictados.
La violencia genera violencia, dice el sentido común, y Trump parece estarlo viviendo en carne propia, aunque es de dudarse que con ello corrija o atempere sus impulsos guerreristas. Es probable que, por el contrario, como ocurrió con aquel fallido disparo que apenas le rozó la oreja, el incidente de esta vez le dé pie para sentirse predilecto de los dioses, incrementar sus afanes de protagonismo y desplegar sus embestidas contra el mundo.
Lo más grave es que, por diversas razones, más temprano que tarde nuestro país volverá a estar en la mira de Trump.
Pero ésa ya será otra historia.

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Trump, la violencia y el búmeran

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