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Vocación de servicio

Carlos Ravelo Galindo

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Septiembre 25, 2018 19:33 hrs.
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Carlos Ravelo Galindo › diarioalmomento.com

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Es menester la vocación de servicio Y, claro, lo reconoce un experto. Por su largo tránsito por el mundo como diplomático de México. Cuando cumplió setenta años, era Embajador en Rumanía, por ley, le dieron su retiro. Y tiene toda razón Agustín Gutiérrez Canet, colega reportero nuestro en Excélsior, hace cincuenta años, al afirmar que una diplomacia pobre es una pobre diplomacia. Nos aclara que un cónsul general tiene el mismo rango e importancia que un embajador. En una crónica en el diario en que escribe cada sábado, nos explica que el diplomático requiere vocación de servicio y entrega toda su vida a servir a México en el extranjero. ’El político ambiciona el poder, lucha por un puesto y ya que lo obtiene, busca escalar al siguiente. Algunos diplomáticos y políticos velan más por sus intereses que por el interés común de los ciudadanos. Otros tienen verdadera vocación de servicio público. Algunos diplomáticos se sirven del puesto más que servir a los demás. Y hay algunos políticos que viven de la política en lugar de vivir para la política. El diplomático tiene una visión de largo plazo y valora al país con perspectiva internacional. El político está sumido en el corto plazo, atiende problemas cotidianos y descuida la solución estructural. Por supuesto hay excepciones, existen diplomáticos sin visión ni vocación y políticos con visión y estrategia. Para ser diplomático se requiere licenciatura y maestría, mientras que para ser diputado o senador no es necesario tener ningún tipo de estudios, pero son los senadores los que tienen la facultad de ratificar a los embajadores. El diplomático ingresa por examen al Servicio Exterior Mexicano (SEM) y asciende de rango por evaluación, desde agregado diplomático a embajador, en un periodo aproximado de 25 a 30 años de antigüedad. Es el servicio civil de carrera más antiguo. Se remonta al siglo XIX. Al igual que los militares, los diplomáticos tenemos rangos. El ascenso es por escalafón: agregado diplomático, tercer secretario, segundo secretario, primer secretario, consejero, ministro y embajador y sus equivalentes en la rama consular. Un cónsul general tiene el mismo rango e importancia que un embajador. Los ascensos diplomáticos dependen del tiempo de servicio, buen desempeño, capacidad y méritos, mientras que los puestos políticos en buena medida dependen del grupo, amistad, lealtad, compadrazgo y nepotismo. Los diplomáticos son débiles políticamente, tienen escasa influencia en los partidos y en la política interna del país, por obvias razones. Se encuentran lejos del centro del poder. No son conocidos. Además, forman un grupo muy pequeño, cerca de mil 300 en una población de 123 millones de habitantes. En general, esta debilidad genera que sean desplazados por políticos, muchos de ellos inexpertos e improvisados, en la conducción de la política exterior, en embajadas o consulados, con resultados no siempre afortunados. Además, la mayoría de los políticos desconoce el trabajo de los diplomáticos y de los cónsules, y por ello los critican y creen que pueden sustituirlos con facilidad. Grave error. Ningún político ha sido nombrado secretario de la Defensa Nacional o secretario de Marina, ni comandante de zona militar o naval. No ocurre lo mismo en el caso de la SRE. Jamás un capitán le daría órdenes a un general, pero en la SRE sí existen consejeros que mandan sobre un embajador, lo cual es una aberración administrativa que no debe continuar. En los últimos años, los requisitos para ingresar al SEM son más estrictos. Los jóvenes diplomáticos están bien preparados y merecen un reconocimiento a su esfuerzo y vocación. Por ello, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, en congruencia con su proyecto de política exterior, prometió respetar a los miembros del SEM y disminuir los nombramientos políticos. El documento Proyecto 18 de López Obrador establece: ’El Servicio Exterior Mexicano (SEM) es el instrumento del Estado para la defensa de sus intereses y promoción de sus ideales y objetivos en el mundo, a través de su red de misiones, embajadas y consulados. ’Al ser un instrumento de suma importancia, no debe continuarse con la política de nombrar a políticos en desgracia o amigos como embajadores y cónsules cuando, a la vez, se exige a los diplomáticos de carrera una formación sólida para su ingreso y su ascenso es por medio de concursos de oposición. ’Por el contrario, se nombrará a los funcionarios más capaces y probos al frente de las embajadas y consulados, y se alentará la formación y capacitación constante de los cuadros jóvenes. A la vez se exigirá, en particular a los jefes de misión, mesura, discreción y honestidad en su función’. La Cámara de Diputados aprobó la Ley de salarios máximos de servidores públicos, diplomáticos incluidos. Es pertinente moderar los altos salarios para compensar a los de menor ingreso. Sin embargo, hay que entender el carácter excepcional del SEM, que se fundamenta por el hecho de desempeñarse en el exterior. Sería un grave error ignorar que los miembros del SEM, al trabajar en el extranjero, tienen generalmente costos de vida más altos que en México. Sería una injusticia reducir sus justas prestaciones, ya de por sí menguadas en los últimos 20 años. Aunque parezca una vida privilegiada, el diplomático padece altos costos familiares y, en muchas ocasiones, de salud. México necesita diplomáticos preparados y con vocación de servicio, con un salario digno. Minar sus ingresos significa una injusticia y debilita la presencia de México en el mundo. Una diplomacia pobre es una pobre diplomacia. El país merece una diplomacia a la altura de México, ni más ni menos. El SEM espera justicia y el reconocimiento del próximo presidente López Obrador’, concluye el que fuera buen reportero. Le asiste la razón respondería Santiago Roel, entusiasta canciller de la doctrina Genaro Estrada.
craveloygalindo@gmail.com

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