’ Venid a mí y yo os aliviaré ’ - El nombre de Dios - Taxco - diarioalmomento.com

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Julio 17, 2019 21:27 hrs.

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Jueves 18 De Julio 2019

La Palabra de Dios

Primera lectura
Ex 3, 13-20
En aquel tiempo, Moisés [después de oír la voz del Señor en medio de la zarza] le dijo: "Está bien. Me presentaré a los hijos de Israel y les diré: ’El Dios de sus padres me envía a ustedes’; pero cuando me pregunten cuál es su nombre, ¿qué les voy a responder?"

Dios le contestó a Moisés: "Mi nombre es Yo-soy"; y añadió: "Esto les dirás a los israelitas: ’Yo-soy me envía a ustedes’. También les dirás: ’El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me envía a ustedes. Este es mi nombre para siempre. Con este nombre me han de recordar de generación en generación’.

Ve a reunir a los ancianos de Israel y diles: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se me apareció y me dijo: ’Yo he venido a ustedes porque he visto cómo los maltratan en Egipto. He decidido sacarlos de la esclavitud de Egipto para llevarlos al país de los cananeos, hititas, amorreos, perezeos, jiveos y yebuseos, a una tierra que mana leche y miel’.

Los ancianos de Israel escucharán tu voz y tú irás con ellos a ver al faraón y le dirán: ’El Señor, el Dios de los hebreos, se nos ha aparecido. Permítenos caminar tres días por el desierto, para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro Dios’.

Ya sé que el faraón no los dejará ir, si no se ve obligado. Por eso yo extenderé mi brazo y azotaré a los egipcios con toda clase de males, y finalmente el faraón los dejará salir".
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor Jesús

Salmo Responsorial
Salmo 104, 1 y 5. 8-9. 24-25. 26-27
R. (8a) El Señor nunca olvida sus promesas.
Aclamen al Señor y denle gracias,
relaten sus prodigios a los pueblos.
Entonen en su honor himnos y cantos,
celebren sus portentos.
R. El Señor nunca olvida sus promesas.
Ni aunque transcurran mil generaciones,
se olvidará el Señor de sus promesas,
de la alianza pactada con Abraham,
del juramento a Isaac, que un día le hiciera.
R. El Señor nunca olvida sus promesas.
Dios hizo a su pueblo muy fecundo,
más poderoso que sus enemigos.
A éstos les endureció el corazón
para que odiaran a su pueblo,
y le pusieran asechanzas a sus siervos.
R. El Señor nunca olvida sus promesas.
Pero envió a su siervo, Moisés,
y a Aarón, su elegido,
a que hicieran contra ellos sus señales anunciadas,
sus prodigios en la tierra de Egipto.
R. El Señor nunca olvida sus promesas.

Aclamación antes del Evangelio
Mt 11, 28
R. Aleluya, aleluya.
Vengan a mí, todos los que están fatigados
y agobiados por la carga,
y yo les daré alivio, dice el Señor.
R. Aleluya.

Evangelio
Mt 11, 28-30
En aquel tiempo, Jesús dijo: "Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera".
Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión del Evangelio de hoy
El nombre de Dios
En la cultura de aquel tiempo era importante conocer el nombre. Poner nombre significaba tener dominio sobre lo nombrado. En la creación Dios había dejado que el hombre pusiera nombre a las cosas. Moisés no podía presentarse ante el pueblo sin decirles en nombre de quién lo hacía. Lo primero que iban a hacer era preguntárselo. «¿Qué les respondo?».

Dios le da dos descripciones para usar: «Soy el que soy», y «el Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». Ambas terminan con las palabras «me envía a vosotros».

Ninguna de las dos formas significa propiamente un nombre. ‘Soy’ es una existencia que tenemos que interpretar contextualmente cuando luego desvela el contenido del mensaje que Moisés debe llevarles: estoy observando cómo os tratan en Egipto y he decidido sacaros de la opresión y llevaros a otro país. Soy toma entonces perspectivas de futuro y el que es viene a ser el que será, el que actuará llevando adelante su liberación.

A la vez es también el Dios del pasado, de sus padres. No solo actuará; ya ha actuado en la historia de ese pueblo, ya hizo otras promesas anteriores, ya se cumplieron y engendraron nuevas expectativas y promesas. No es un advenedizo. Ese pueblo sabe que su palabra ya ha sido probada, es confiable.

Cristo nos dio a conocer la Trinidad de Dios y quienes creemos hemos sido bautizados en su nombre; también en ese nombre nos santiguamos, somos perdonados en la reconciliación y recibimos el saludo eucarístico y la bendición. Tenemos experiencia de ’el que es’, porque ya fue (así nos lo han transmitido padres, catequistas, la Iglesia…), porque sigue siendo hoy (cuando le aceptamos como Señor y guía), y porque esperamos que será (cuando sigue quebrando esclavitudes nuestras y de otros, y nos ofrece no ya una tierra sino una vida eterna). Son razones para proponernos que la vida de los que creemos en Dios sea más un testimonio de su Nombre. Y el mundo en que vivimos lo necesita.

Descansarnos en Dios
Sacar a Dios de la vida –tanto privada como pública– no parece que esté produciendo más libertades, una vida más humana, un mundo más igual, más justo. Siguen siendo muchos los cansancios y los agobios, incluso más y mayores. Brechas que crecen en la distribución de la riqueza; flujos migratorios por motivos políticos o económicos para los que no se encuentran respuestas justas y humanitarias; competitividad insolidaria que marca la cultura actual; son realidades que no dejan lugar a encontrar alivio.

Jesús nos dice palabras que son muy consoladoras: «Venid a mí», «aprended de mí». No son paternalistas, quien nos las dice marca para seguirle un nivel de exigencia alto que incluye renuncias y cruz. Pero vienen de alguien que va por delante de nosotros en nuestro mismo camino, o mejor, que nos sale al camino y comparte nuestros agobios y cargas con humildad de corazón. Alguien que observa el trato que muchos reciben en las esclavitudes de hoy y decide actuar.

La forma de hacerlo es desconcertante: mansedumbre y humildad de corazón. Es lo que nos propone «y encontraréis descanso para vuestras almas».

Necesitamos mucho de personas así. Que no carguen a otros, sino que compartan sus cargas. Que no los miren con superioridad, sino que los acojan e integren. Que, más que apropiarse, comprendan la hipoteca social sobre los bienes. Que lloren con el que llora y rían con el que ríe. Que consuelen. Que escuchen. La carga es más ligera cuando entra en juego el amor. Y el amor es precisamente el nombre de Dios.

Fray José Antonio Fernández de Quevedo
Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

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