Con una gran fiesta, llena de música caribeña y flores amarillas, despiden a “Gabo”

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Abril 22, 2014 10:02 hrs.

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CIUDAD DE MÉXICO, (Al Momento Noticias).- A Gabriel García Márquez (1927-2014), el desparpajado e irreverente, el siempre sonriente y bailador, el que con su generosa imaginación regaló tan gratos momentos a miles de lectores en todo el mundo, no podía despedírsele sino con una gran fiesta, llena de música caribeña, una copiosa lluvia de rosas amarillas y cientos de lectores unidos por un aspecto: la profunda admiración que profesan hacia su prolífica obra literaria y periodística.

Justo así se vivió el homenaje en el Palacio de Bellas Artes al autor de la celebérrima novela Cien años de soledad, con la cual provocó un cisma en las letras no sólo en español sino en el mundo entero. Un antes y un después que le mereció haber sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura y que lo catapultó a la fama en un minuto. Desde entonces nada sería igual, incluso después de su muerte.

Celebridad por los siglos de los siglos. Y es que murió García Márquez, sí, pero ya desde antes había nacido la leyenda, el Midas que todo lo que escribía lo convertía en oro. Cuando en 1982 ganó el Nobel, ya avizoraba la loza que tendría que cargar por el resto de sus días: tenía 54 años y se veía a sí mismo demasiado joven como para cargar con una responsabilidad de ese tamaño.

Para su disgusto no tenía opción. Desde entonces se convirtió en el maestro de maestros que jamás abandonó sus principios ideológicos. Una referencia para miles de reporteros y escritores que quedaron prendidos a la musicalidad de su lenguaje y a los miles de versos que habitan sus cuentos y novelas. Y algo más: reconocen al narrador que supo dar verosimilitud a las cosas más increíbles que ocurren todos los días en el continente latinoamericano.

Todo eso, en conjunto, fue celebrado en Bellas Artes, donde Gabo –como lo llamaban sus amigos– fue recibido con un minuto de silencio. Después, con música de violines de fondo, vendrían las múltiples guardias de funcionarios y lectores en torno a las cenizas del escritor colombiano-mexicano. Por un momento no hubo distingos: todos eran fieles lectores que despedían al maestro, al patriarca…

En primera fila estaban Rafael Tovar y de Teresa, presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes; Miguel Ángel Mancera, jefe de gobierno del Distrito Federal, y desde luego Mercedes Barcha, eterna compañera de García Márquez, y sus dos hijos Gonzalo y Rodrigo. También estaban ahí cientos de lectores anónimos que con rosas amarillas y una vieja edición de un libro de García Márquez despedían a su querido narrador.

Después de las guardias, que se extendieron por más de tres horas, el presidente de México, Enrique Peña Nieto, y el de Colombia, Juan Manuel Santos, arribaron a Bellas Artes para despedir al escritor.

Manuel Santos mencionó que García Márquez, “quien incorporó en sus obras la esencia del ser latinoamericano, y muy especialmente del ser caribe, nos deja la esperanza, la tarea y la determinación de unirnos por el bien de nuestros pueblos”.

Agregó: “Macondo es parte de nuestros sueños y esperanzas, ya forma parte de la cultura popular, algo que sólo había logrado Miguel de Cervantes Saavedra con el Quijote. Recurrió a su aldea para reinventar la vida del hombre. Su vida y su legado no tienen límites. Fue un hombre feliz y la felicidad se trasmina a todo lo que su pluma de escritor tocó”.

Por su parte, Peña Nieto se refirió a él como el más grande novelista de América Latina de todos los tiempos. Su muerte es una gran pérdida no solo para la literatura, sino para toda la humanidad”.

“Su recuerdo y su obra, su inspiración y su recuerdo estarán siempre presentes. García Márquez vive entre nosotros, en las generaciones de hoy y las que vendrán. Se queda con nosotros su obra”.

Tovar y de Teresa, del Conaculta, también destacó la universalidad de la obra del colombiano que, dijo, permanecerá entre nosotros por muchos años.

Tal fervor causó la despedida del también autor de El otoño del patriarca, que la fila de lectores llegaba hasta el Hemiciclo a Juárez, en la Alameda Central. Estoicos, bajo un sol que caía a plomo, esperaban pacientes el momento en que la fila avanzara.

Del otro lado del recinto, sobre Eje Central, cientos de camarógrafos, fotógrafos y reporteros (se repitió la historia de hace unos días) luchaban, credencial en mano, por conseguir una estampita amarilla -otorgada por funcionarios de presidencia- con la cual se podía ingresar al recinto.

Para las nueve de la noche, la despedida había terminado, pero iniciaba el verdadero homenaje: lectores que esta misma noche se sumergirán en la magia de Macondo de la que tanto se habla…

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