Contramarcha

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Noviembre 27, 2022 23:32 hrs.

Fernando Irala Burgos › tabloiderevista.com

Política Nacional › México Ciudad de México


Dos semanas después de que la marcha en defensa del Instituto Nacional Electoral movió la correlación de fuerzas y la viabilidad de los proyectos de destrucción de las instituciones que garantizan el respeto al voto libre en México, la contramarcha organizada por, desde y para el gobierno, intentó nivelar el desbalance y borrar los malos recuerdos.
La movilización resultó predecible, igual que el ánimo de autocomplacencia y autocelebración.
Nunca estuvo en entredicho la capacidad oficial de convocatoria, apoyada en el flujo de recursos y el uso de las instituciones y las estructuras corporativas, ésas que durante el siglo pasado le permitieron al viejo priismo hacernos creer en el espejismo de una sociedad asimilada en el monopartidismo.
Pero si la concentración se excedió, también hubo exceso en la largueza del recorrido, a grado tal que muchos de los contingentes se fueron desintegrando antes de arribar al Zócalo, y si bien este lució casi lleno, no se observó en la plancha el desbordamiento que muchos esperaban.
La jornada sirvió de marco para presentar un informe, uno de los muchos que ha dado el Presidente desde que está en el poder, y para bautizar el movimiento que encabeza con el nombre de ’humanismo mexicano’.
Fuera de ello no hubo novedades ni anuncios espectaculares; el mandatario hizo un recuento de sus logros y defendió sus programas sociales y sus obras emblemáticas con sus datos, que el nuevo aeropuerto ya traslada ocho mil pasajeros diarios y que la nueva refinería ’ya va a empezar a producir gasolinas y diésel’.
Pero lo que sí se demostró es que lo fuerte del personaje que nos gobierna es la manifestación y la arenga en la plaza, el contacto a nivel de calle, no la administración pública o las estrategias de Estado.
En otro país estaríamos si esa energía de uno y otro lado se trasladara a proyectos de verdadera transformación social y se alcanzasen objetivos de trascendencia para la nación.
Porque en los años recientes la meta parece haber sido destruir todo lo cimentado por decenios, sin aportar en cambio ningún trazo viable para una nación próspera para todos.

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