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Noviembre 27, 2020 21:06 hrs.

Jesús Yáñez Orozco › diarioalmomento.com

Deportes Estados › México Ciudad de México


Iba al potrero para olvidarse de la realidad. Allí la conoció. Allí bailaron por primera vez.

Se pusieron de novios en La Paternal, días antes de sus 16.

Y nunca se quisieron separar.

Cuenta la leyenda que él la acariciaba como todos los seres humanos habíamos soñado y ninguno había podido.

Mientras la llevaba corriendo por el césped, ese niño enrulado le prometía una y otra vez que nunca, pero nunca nadie los iba a separar.

Ella, mientras corría atada a su pierna izquierda, le juró que juntos escribirían historias jamás contadas.

Se juraron amor eterno. Recorrieron el mundo. Transitaron el prado mexicano juntos, en una carrera eterna en la que desafiaron a la gravedad.

Volaron sobre el pasto, mientras miles de guerreros súbditos de la Reina se desvanecían en el aire, víctimas de un poder sobrenatural que aún hoy les resulta difícil explicar.

Entre ellos dos, era algo más que un juego.

Era la rebeldía.

La lucha contra el poder.

El grito de los silenciados.

La oportunidad de desnivelar la balanza para los infortunados por primera y única vez.

Fueron la versión más acabada y perfecta del amor.

¿Qué habría sido de uno sin el otro?

Probablemente, él no habría podido salir de aquella humilde vivienda. Y para ella, un vacío existencial inimaginable.

Y no pararon de bailar. Bailaron al hambre, a la pobreza, a los prejuicios.

Bailaron con los cordones desatados, para que les moleste más.

Al establishment también. Al norte de Italia.

A la ultraderecha.

A los moralistas más recalcitrantes.

«Live is life».

«Sin más armas en la mano que un 10 en la camiseta».

Juntos fueron el artista y la obra maestra. Fueron la felicidad de un pueblo castigado. Fueron la identidad de una sociedad.

Y ahora sólo queda ese vacío, ese espacio invisible y oscuro, esa amarga transición hacia el nacimiento de su leyenda.

Y cuando mis hijos me pregunten por él, no me voy a acordar de sus goles ni de sus títulos.

Más bien, me voy a quedar con el mito del pibe rebelde de la villa que la sacaba a bailar como nadie, en el frío del potrero o en el calor del Azteca, con los cordones desatados y una sonrisa de picardía bajo los rulos.

Fue perfecto.

Porque mientras ellos dos fueron felices, todos fuimos felices, bailando hasta la eternidad.

Eso es amor.

«Live is life»

(*Periodista argentino, redactor online. Texto tomado de Facebook)

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