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Mayo 14, 2024 00:47 hrs.

Armando Ríos Ruiz › tabloiderevista.com

Política ›


Poco antes de arribar a la Presidencia del país, el virtual Primer Mandatario discurrió ofrecer una conferencia madrugadora, igual que cuando fue jefe de Gobierno, para estar en contacto, más que nada, con los que creen en él, con el objeto de mantener una liga permanente y conservar la veneración a su figura.

La reunión matutina con supuestos periodistas que jamás pisaron una redacción ni escribieron una letra en medio alguno o lo hicieron en algún pasquín —no recuerdo jamás haber visto una línea de uno de ellos—, comenzó a ser utilizada también para lanzar los más punzantes denuestos contra los profesionales, los que critican las malas actuaciones de todos los gobiernos.

Demostró que quería su silencio ante sus repetidos desatinos y su actuar fuera de cordura y ante sus desplantes, ni siquiera dignos del alcalde del poblado más escondido en la geografía mexicana.

De esos que no fueron a la escuela. Que no aprendieron a leer y actúan de acuerdo con su entender. Aunque muchas veces, mejor que él por cosas de coherencia. De su inteligencia prístina y otras.

Creyó que sería visto como el mismo Dios Creador en la Presidencia. Pero la realidad demostró que se trata de un hombre de carne y hueso en un cargo demasiado grande para su personalidad llena de ignorancia, de arrogancia, de perturbaciones arrastradas desde su infancia. De una inteligencia en tinieblas. Y, además, convencido al revés: de ser la misma representación de la Divinidad.
Por eso emprendió un pleito sin tregua contra sus críticos. Por no aceptar que osaran enfrentar a dios.

Dicen que desde niño le hicieron creer que su destino sería grande. Sus augures no avizoraron que para la destrucción. Para el mal. Por eso, muchos místicos creen que sus seguidores, iguales que él, pertenecen a la misma rama humana movida por la energía siniestra o de los bajos astrales.

Hoy, cualquiera podría imaginar que llamó a algún colaborador y le ordenó investigar un posible talón de Aquiles de la señora Amparo Casar, presidente de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, para ejercer venganza contra ella por atreverse a señalar sus fallas y abusos.

Por cierto, a la vista del que quiera verlos —están demasiado expuestos—. Hasta que encontraron un pasaje relacionado con la muerte de su esposo, Carlos Márquez Padilla, hace 20 años.

En un ejercicio sin precedente en la historia de los presidentes mexicanos, por lo extraordinariamente vulgar, corriente, grotesco, atrevido, bajo, pedestre, ha utilizado muchas mañaneras para denostarla, en un afán de exhibirla como corrupta. Sin siquiera hacer el mínimo autoexamen de reflexionar sobre él mismo y en sus hijos, que quedarán para la historia como una muestra demasiado clara de lo que es, de veras, ejercer actos de corrupción gracias a la Presidencia.

El pecado de la señora consiste en escribir artículos en algunos medios, en los que señala los graves errores que comete el Primer Mandatario, que desde luego lo incomodan, como lo incomodan otros que actúan de la misma forma. En participar en programas difundidos en las redes sociales con opiniones adversas al disparatado quehacer presidencial y en escribir un libro denominado Los Puntos Sobre Las Íes, que habla en el mismo tenor.

Como ella misma ha calificado, se trata de una venganza política debido a su quehacer, principalmente en los medios en los que critica y posiblemente de un distractor ’ante el informe ’catastrófico’ que presentó la Comisión Especial sobre la Pandemia de Covid-19 en México’.

Muchos periodistas hablan de su gobierno como el peor en la historia, porque él mismo ha propiciado el enfrentamiento. Primero con sus infinitos errores, que no le provocan la mínima pena y luego por querer imponer su voluntad a mero capricho. Obvio: quienes piensan más que él porque les funcionan mejor las neuronas y que son demasiados, no pueden aguantar la risa y la vierten a manera de artículos y comentarios en los medios.

Dizque escribió un libro de despedida que sólo firmó. También se refiere a la señora con denuestos. ¿Quiénes lo comprarán? Sólo sus obligados.
ariosruiz@gmail.com

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El supuesto pecado de Casar

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