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Marzo 02, 2020 20:56 hrs.

José García Sánchez › diarioalmomento.com

Política Nacional › México Ciudad de México


Las voces del pasado regresaron de ultratumba en medio del caos y el miedo. Querían que la aparición del Coronavirus creara falsas alarmas como sucedió en el pasado con otras epidemias, y hasta donde se crearon o adquirieron vacunas para evitarlo. Ahora, luego de que se ha descubierto una parte solamente del contubernio entre autoridades y laboratorios farmacéuticos, de los cuales algunos de los funcionarios públicos eran socios, poco puede creerse respecto a lo que pudiera ser un grave peligro para la población.


Esta vez el Coronavirus tiene la atención adecuada para la dimensión de su posible propagación en México, como se ha demostrado en los últimos días. Atrás quedaron los tiempos en los que una vacuna en etapa de experimentación contra la influenza fuera comprada por las autoridades mexicanas como la gran solución a una enfermedad, que quienes cayeron en la trampa consideraron superada, pero que llegaron a tener desagradables sorpresas en su salud.


La salud ha sido en México un muy buen negocio para los políticos y los laboratorios. En muchos casos se logró crear seres hipocondríacos que sólo de saber de una enfermedad nueva ya sienten que la padecen. En ningún país del mundo la automedicación es una práctica tan común como en México.


Seguramente todavía está en la memoria de los mexicanos aquellos segmentos ’noticiosos’ llamados Información que cura, donde en realidad era una convocatoria a la automedicación. Actualmente podemos ver en la televisión que de cada cuatro comerciales uno corresponde a un medicamento. Es decir, el negocio sigue a pesar de todo.


Así, la salud es un negocio en nuestro país y cuando se ventila esta innegable realidad los medios son los primeros en responder por los interesados que el peligro de la epidemia acecha a la especie humana. No puede descuidarse la salud, pero hay personas dedicadas a curar que se llaman médicos, los locutores de la televisión no están capacitados para ello, aunque haya quien apueste por poner en sus manos la salud.


La legalidad es muy flexible en estos casos a pesar de lo que está en peligro, pero es más fuerte la costumbre de la alarma desproporcionada que la difusión precisa y adecuada. La adaptación a la realidad luego de su alteración a través de los medios electrónicos debe ser un acto de conciencia y exactitud que sólo los ciudadanos deben llevar a cabo en su práctica cotidiana. Han visto dos maneras de anunciar el peligro a la salud, donde nadie tiene la verdad absoluta y se espera que se dé a conocer más y mejor el gran negocio que hubo en el pasado entre políticos y empresarios farmacéuticos, que muchas veces eran los mismos.


La salud es un estado normal del ser humano no es un propósito que debe alcanzarse con la persistencia y la inversión, como el éxito o la realización; sin embargo, desde la perspectiva de los medios electrónicos quien tiene salud, lo tiene todo. Porque ese es el cheque en blanco cuyo recurso va a dar a sus bolsillos.


Para que la salud sea un negocio real debe haber miedo de por medio, terror incluso. En nuestro país la enfermedad mortal es sinónimo de enfermedad incurable. Tal vez aquí contribuya el idioma, pero la conciencia de quien habla debe separar la prevención de lo irremediable y el miedo de la manipulación.

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