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Julio 03, 2017 22:50 hrs.

Mario Andrés Campa Landeros › diarioalmomento.com

Cultura ›


Iniciaba la carrera como periodista. Lleno de ilusiones quería comerme la vida. Creo que corría el año de 1964. Conocí a Armando en el estudio de un amigo fotógrafo. Antonio me lo presentó y decidí trabajar para ese recién egresado de la carrera de Periodismo de la Universidad Nacional Autónoma de México. Yo estudiaba esa misma carrera en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Quería seguir la teoría y la práctica al mismo tiempo.
El proyecto periodístico que deseaba emprender Roberto consistía en hacer una revista idéntica a Selecciones del Readers Digest; misma fuente y tamaño de letra, pero con temas mexicanos. Armando me nombró Jefe de Redacción. Y al mes que ya íbamos avanzados en el material se lo llevamos a su papá, Roberto Ayala –de discos Orfeón- para que diera el visto bueno. La portada se la dimos al pintor José Luis Cuevas.
Roberto me había encargado visitar al pintor y entrevistarlo. Además, me ordenó Roberto Jr. Le pidiera un autorretrato al maestro para ¡adornar’ la portada.
Después de la entrevista, José Luis Cuevas me despidió en la puerta de su casa. Momento que aproveché para decirle:
- Maestro, ¿será posible que nos haga un autorretrato suyo para la portada del primer número de nuestra revista?
Se me quedó viendo, como tratando de escudriñar en mi mente un posible fraude. No le quité la vista. Después de unos segundos me respondió.
-Con mucho gusto muchacho. Sólo que tienes que venir el próximo viernes. Apenas era lunes.
Aproveché el momento para agregar a mi pedido…
-Maestro, pero tiene que ser a color…
Como que no le gustó lo que le pedí. Sin embargo, con una sonrisa comentó. Está bien, lo haré con gusto.
Recogí el autorretrato que me entregó en un sobre. Era una pintura en una hoja cascarón tamaño carta a color. Me la enseñó.
-¿Así la querías? Se le veía una mirada de orgullo.
-Está hermoso, respondí.
Sonrió y me dio la mano y el cuadro.
El lunes siguiente llegué a la oficina de la revista en avenida Chapultepec. Ya estaba Armando esperándome. De inmediato extendió la mano para que le entregara el cuadro. Se lo entregué y los ojos los abrió desmesuradamente.
-¡Qué maravilla!, alcanzó a decir.
Ya tenemos la portada, dije inocentemente.
No sabía el tesoro que le acababa de entregar. De inmediato mandó sacar una copia. Guardó el original en su portafolio y jamás lo volví a ver. A su padre le entregó una copia, junto con el material que se le mostró para que diera el visto bueno de la revista.
Al final, la revista fue un fracaso. Nunca vio la luz, así como nunca volví a ver el autorretrato que me dio José Luis Cuevas.
Descanse en paz.

cosasveredes@hotmail.com

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José Luis Cuevas me dio un autorretrato

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