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Junio 25, 2024 23:51 hrs.

Norma L. Vázquez Alanís › tabloiderevista.com

Política ›


(Primera de dos partes)

La Plaza de Santo Domingo es muy conocida porque en sus portales están los llamados ’evangelistas’, aquellos que elaboraban cartas por encargo de gente que no sabía leer ni escribir, y donde posteriormente se imprimieron las tesis cuando se requería tenerlas en papel, pues ahora en las universidades se presentan por vía electrónica y así se pueden consultar. Es una de las plazas más hermosas no sólo de México, sino de América, y está llena de historia por todos lados.

’Me emociona mucho hablar del Centro Histórico de la Ciudad de México, pero particularmente de esta Plaza de Santo Domingo, porque es mi favorita’, señaló la maestra Ángeles González Gamio al participar en el ciclo de charlas ‘Plazas y sitios de la CDMX’ organizado por el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM) de la Fundación Carso.

La cronista del Centro Histórico desde 1997 explicó que en esa zona hay plazas extraordinarias, comenzando por el Zócalo, pero la de Santo Domingo es ’particularmente majestuosa, elegante, proporcionada y tiene una virtud como muy pocas: conserva prácticamente todos sus edificios originales de los siglos XVII y XVIII’.

La también periodista, historiadora y docente explicó que esa plaza tomó su nombre de los dominicos, que fueron la segunda orden religiosa en llegar a Nueva España después de los franciscanos, que ya estaban instalados muy cerca de la Plaza Mayor.

La ciudad había empezado a poblarse luego que Hernán Cortés decidió levantarla en el mismo lugar donde estuvo Tenochtitlán, a pesar de la opinión en contra de muchos de sus capitanes porque pensaban que iba a ser complicadísimo construir una urbe en el agua.

Cortés lo sabía, pero consideraba resolverlo igual como lo habían hecho los mexicas y estaba empeñado en ello porque ese era el símbolo de un gran poder, de un imperio.

Recordemos, dijo la cronista, que los mexicas habían llegado a conquistar lugares tan lejanos como Centroamérica; realmente eran un señorío que en su momento y en su situación casi podrían compararse con el imperio romano por el territorio gigantesco que controlaban.

Después de tomar su decisión, Cortés se fue a Coyoacán por dos años mientras la ciudad se limpiaba de cadáveres, despojos y todo el escombro que había. Posteriormente se hizo la nueva traza, que se basó mucho en la que tenía Tenochtitlán, que era muy buena, muy reticular, y el encargado fue Alonso García Bravo.

Cuando Cortés regresó a la urbe, empezó a repartir los primeros solares que todos querían porque estaban alrededor de la Plaza Mayor donde se encontraban los poderes desde que era Tenochtitlán.

Por cierto, continuó la cronista González Gamio, la catedral no se pudo hacer sobre el Templo Mayor porque éste era tan enorme que hubieran tardado mucho en destruirlo. Empero, todo el mundo se quedó pensando que se había erigido encima de esa obra piramidal, hasta que en 1914 un joven arqueólogo, Manuel Gamio (su abuelo materno), descubrió que el templo católico estaba a un lado del adoratorio prehispánico.

El palacio que había sido de Moctezuma se volvió palacio virreinal, y aunque entonces todavía no había virreinato, Cortés se lo adjudicó igual que el palacio de Axayácatl (el padre de Moctezuma), ubicado donde ahora está el Monte de Piedad.

La historia de la plaza

Luego se hizo el portal de mercaderes, que sigue ahí, en el Zócalo, y se comenzaron a distribuir los terrenos, de manera que cuando llegaron los dominicos y quisieron estar lo más cerca posible de la Plaza Mayor, encontraron un predio muy amplio y propicio para sus propósitos porque, además de la evangelización que les correspondía, ellos tenían el encargo de aplicar el Tribunal del Santo Oficio, o sea la Santa Inquisición, en tanto llegaba un inquisidor que en ese momento no había sido nombrado.

Esta tarea se les encomendó, porque era necesario poner orden sólo cuatro años después de la conquista y a dos de que la Ciudad de México estaba funcionando.

Entonces se quedaron con ese predio que abarca las actuales calles de Perú, Brasil y Belisario Domínguez e inmediatamente comenzaron a construir su iglesia y un sencillo convento de solamente un piso; en un predio aledaño iniciaron el levantamiento de las cárceles y algunas instalaciones para aplicar las funciones del Tribunal del Santo Oficio. Después se les conocería como las cárceles de la perpetua, porque a todos los que juzgaban, primero los recluían para luego hacerles los juicios y todo el proceso, explicó González Gamio.

Asimismo, esos dominicos asignaron un gran espacio para el atrio, que fue un invento de Nueva España porque no lo había en otras partes del mundo. El atrio, esa extensión enorme afuera del templo, normalmente estaba bardeado y tenía su razón de ser pues los frailes que vinieron a evangelizar se dieron cuenta de que los indígenas estaban acostumbrados a tener ceremonias religiosas al aire libre.

Además, cuando empezaron a aceptar la nueva religión, o parecía que la aceptaban, iban grandes multitudes a los templos y no cabían adentro; entonces muchos ritos se llevaban a cabo afuera, precisamente en el atrio, lugar donde estaban las estaciones para hacer el vía crucis.

Ese atrio muy bonito que crearon, ahora es un espacio abierto. Era el atrio original y a un costado erigieron los famosos soportales, similares a los del Zócalo, para el comercio que siempre era fundamental. Al mismo tiempo empezaron a construirse algunas casas de gente relevante, como la de los Medina, conquistadores que habían llegado con Cortés; también la de Pedro López, el primer cirujano que hubo en la ciudad, como señala una placa alusiva que aún se conserva.

Otra gran casa fue edificada en ese lugar por Juan Jaramillo, uno de los capitanes de Hernán Cortés a quien casó con la Malinche. Todavía existe y tuvo muchos usos, entre ellos el alquiler, y ahora es una escuela con una placa que indica a quiénes perteneció. Según la leyenda, ahí mataron a la Malinche apuñalada, lo cual se ocultó completamente porque ella tuvo un hijo con Cortés, que él se llevó a España para educarlo allá, relató González Gamio.

Para doña Marina eso fue terrible, le generó mucho disgusto y cuando el conquistador fue a ver al rey para convencerlo de que le diera poder para gobernar a Nueva España, aquí le hicieron un juicio de residencia con el propósito de que se declararan todas las cosas indebidas que había hecho durante la conquista y que lo habían convertido en un hombre riquísimo.

Entonces Malinche decidió ir a declarar y se armó un escándalo. ’Imagínense -señaló González Gamio- ella sabía todo, pero todo, de Cortés, así que un día, antes de que eso sucediera apareció muerta en la casa: la habían apuñalado, aunque no hay ningún dato histórico que consigne ese hecho’.

Aunque, según le dijo hace años un maestro llamado Efraín Castro, sí hubo un informe escrito, pues una persona presentó un testimonio de que entre los archivos del convento de San Francisco se encontraba uno con las actas de defunción (el convento tenía su cementerio), y en una de ellas se indicaba que Malinche había muerto en esa casa de manera sospechosa; después, ese documento desapareció.

(Concluirá)

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La Plaza de Santo Domingo y el asesinato de la Malinche

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