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Abril 15, 2015 20:50 hrs.

Araceli Ordoñez Cordero › diarioalmomento.com

Cultura ›


El goteo del reloj no paraba; seguramente sangraba en el rostro del público. Las luces parecían un grito desesperado.
─ ¿Qué haces ahí?
─ Oh, relájate un segundo, anda, ven.
Creo que esto se pondrá feo si el Monquis se desespera como siempre; él sólo quiere descansar un poco… Comenzó la música con algo fúnebre, las sombras de las butacas se movían lentas, como el eco de los pasos en la tarima. El trote de un caballo
Un silencio parecía estancarse en la garganta de los espectadores. Él escuchó el goteo del reloj en las bocinas; eso lo paralizaba. Ellos tocaron sus rostros, mientras unas manos arrastraron al Monquis que no se movía. La crisis había comenzado: hambre por doquier, pestilencia de besos fingidos, llantos sumergidos en laberintos adyacentes a esas fauces de leones conglomerados alrededor del fuego. Unas letras rodaron aquellos días de tra-vestis alborotados, miseria de corazones expuestos en galerías sin dueño, solo el albedrio en espera de una falla. Todo es causa de una acción, consecuencia de una decisión con los intestinos o terminales cerebrales. Este teatro mal pagado, con un lleno de actores sin ton ni son. Las masas preparando terreno a los ladrones, por una sonrisa de simpatía. Lo que manda la estética; rostros burdos donde se cuece la malicia de una ignorancia que creé que lo bello a sus ojos es bueno, por eso pintan a Dios con ojos verdes, azules, aceitunados, y donde quedo lo negro,,, Eso, eso es el color de la maldad, el color de la pobreza, el color de los mal paridos, el deseo de los pendencieros.
Solo el dramaturgo tiene el control cuando sabe dar voz a sus actores, de lo contrario, son manadas desbocadas…
La rueca siguió girando… Uno, dos, tres goteos y seguramente ellos se habrían ahogado…

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La vida vívida

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