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Mayo 21, 2024 00:33 hrs.

Armando Ríos Ruiz › tabloiderevista.com

Política ›


La gente suele pensar que hablar dos idiomas o hacer una carrera universitaria implican una inteligencia sobresaliente. No soy partidario de esta opinión. He sido testigo de que cualquiera puede aprender a hablar y estudiar licenciaturas con un entender bastante menguado. Se nota en personas con evidentes carencias intelectuales que lograron ambas cosas.

Se notan sus vacíos igualmente después. Cuando se enfrentan a la vida profesional y no logran aventajar mucho, por carecer de un raciocinio normal que les permita hacer reflexiones mínimas. Como despejar dudas de quienes les hacen preguntas relacionadas con su quehacer. Un muchacho con problemas de esa naturaleza se dedicó a la docencia porque no encontró acomodo en otro lado y sus respuestas a los alumnos con dudas, dejaban mucho qué desear.

Igualmente, una pareja compuesta por un mexicano y una alemana se enfrentó a los muy serios problemas mentales de su hija. La educaron con mucho esmero y sacrificios por dedicarle bastante tiempo.
Desde ponerla a gatear cuando estaba en esa etapa —por aquello de que este ejercicio es uno de los más importantes para el desarrollo de la inteligencia—, hasta enseñarle a leer con un método que ahora se denomina Filadelfia, arrancado del libro Cómo Enseñar a Leer a su Bebé. Aprendió también a hablar español y alemán.

Bueno. Todo esto viene a colación, porque hace unos días tuve oportunidad de discutir con un pariente normal, que hizo dos carreras en la universidad, abiertamente adverso a Xóchitl Gálvez, a quien considera inferior a Claudia Sheinbaum, la candidata de Morena y del Primer Mandatario para obtener la Presidencia de México, porque, como senadora de la República presentó muchas iniciativas, pero solamente le aprobaron tres.

En su juicio, este es el gran pecado de la hidalguense. Y aunque seguramente habrá otras personas más expertas, no valen los juicios de su inteligencia. De sus propuestas que evidencian la diferencia de llevar a México al precipicio, de acuerdo con lo que ya hemos visto.

No vale el pregón de la aspirante del oficialismo, de continuar con el programa de aniquilamiento del país.
No valen las vistosas limitaciones de Claudia, que hace mucho comenzó a imitar, aunque se vea ridícula, a su mentor, inclusive en su forma de hablar, que no le sale. A copiar esas expresiones corrientes, arcaicas. Sólo le falta decir que comió tamales de chipilín, pejelagarto y Pigua.

Que alguien llevaba a cupache a un tileco. Que ella misma es bastante tarangona. Etc.
Después de algún tiempo de discusión y de defender al Presidente y a su candidata, acabó por revelar que emitirá su voto a favor de Jorge Álvarez Máynez, de Movimiento Ciudadano, o del esquirol impuesto para restar méritos a Xóchitl. ’Porque es joven y representa a los jóvenes, como yo.’ Sostuvo.
He creído que ser normal y la preparación en aulas de estudios superiores, daban cierta obligación de hacer el mínimo análisis para emitir un voto, no a favor de un candidato sólo por ser joven. Sino porque anticipa lo mejor para el país y de paso, al mismo que emite el sufragio. A todos debería identificarnos la personalidad que nos uniforma y solidariza con el bien común.

Pero no sólo en México se dan estas condiciones. Algo muy parecido ocurre en otros lugares. Principalmente en aquellos con los que compartimos las mismas raíces y herencias. Como los latinoamericanos, conquistados por similares razones y por colonizadores provenientes de las mismas tierras.
Las consecuencias están a la vista. Varias naciones de América Latina viven hoy problemas de abusos, impuestos por sus mandatarios transfigurados en dictadores, que no se detienen para enquistarse en el poder. Para saquear lo más posible al pueblo y para enriquecer a sus familiares y a sus camarillas, ante el empobrecimiento hasta la muerte por hambre, de sus moradores.

Desafortunadamente, de hacerse con la Presidencia esa especie de clon tabasqueño, hacia allá se dirige este país, con ayuda de muchos vendepatrias.
ariosruiz@gmail.com

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Normal y anormal. Un dilema

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