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Diciembre 05, 2019 08:21 hrs.

José García Sánchez › diarioalmomento.com

Política Nacional › México Ciudad de México


La polarización social ha sido, en las últimas décadas, producto de un propósito bien planeado y estructurado. No se trata de un enfrentamiento gratuito entre diferentes segmentos de la población sino que proviene de un plan que por lo regular tiene en los medios el efecto de una catapulta.


México ha evitado convertir a los adversarios en enemigos, salvo algunos excesos de apasionamiento y fanatismo futbolístico, que suelen caer en los excesos entre la ineficacia de los árbitros y el exceso de cervezas en los estadios.


A los mexicanos se les ha sometido a una permanente lucha entre ellos mismos, que se reduce a la manipulación de la gente para enfrentar a pobres contra pobres, mientras el resto de la población delibera, con más pragmatismo que razón, quiénes son los buenos y quiénes los malos.


Fuera de estas circunstancias que, ante la difusión permanente de un mal futbol convertido en entretenimiento sempiterno, son sólo casos aislados. A pesar de los intentos por dividir por cuestiones religiosas, políticas, partidistas, ideológicas, económicas, deportivas, de ubicación geográfica, etc. No lo han logrado, a pesar de que en algunos regímenes priístas esta división de mexicanos formaba parte de la agenda de la Secretaría de Gobernación.


La televisión mantiene un discurso por demás violento en cada concurso entre aficionados, artistas, famosos, etc., donde la competencia entre los rojos o los azules, se pronuncian vocablos como eliminado, fuera de combate, vencido, derrotado, cadáver, víctima, asesino, etc. La división social es una preocupación de todo gobierno que no presta oídos a la población. Así sucedió por muchos años.

Ahora que la posibilidad de una imaginaria polarización social sólo está en el discurso de la oposición, incluyendo algunos comunicadores que han optado por hacer de su oficio una trinchera contra la actual administración, pero como todo novato en las lides de los cuestionamientos a la autoridad, se les nota la consigna y la mala intención.


Será difícil que alcancen el objetivo de ver una sociedad dividida. La derecha lo logró con facilidad en Venezuela, donde los escuálidos, —que serían los opositores al régimen chavista, o los cachacos en Colombia, grupo de neoliberales— sistemáticamente arremeten contra medidas populares, porque a pesar de que hay una diversidad cultural en ambos países su origen no es tan variado ni sus raíces tan dispersas en su territorio.


Por otra parte, la división que han reforzado los medios entre fifís y chairos, ha quedado atrás como vocablos de campaña. Ahora, frente al desarrollo de la política, los opositores ni siquiera llegan a ser fifís, su movilización, en cualquiera de las expresiones, es tan poco representativa que no ha podido adoptar un nombre propio, por despectivo que éste sea.


Ante la imposibilidad de responsabilidad por algo concreto a la actual administración ahora se ha optado por culparla de dividir a la población. Para algunos comentaristas políticos la polarización es un hecho sin que haya habido un solo incidente que pueda dar esa idea aunque sea aislada, pero la insistencia crea terror, pero no por la división social sino por la intención antinatural de quienes insisten en ese problema inexistente.



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