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Diciembre 08, 2019 09:48 hrs.

Jorge Herrera Valenzuela › diarioalmomento.com

Política Nacional › México Ciudad de México


Si usted nació, vive o trabaja en lo que fue la Región Más Transparente, la Capital del País, probablemente ha llegado a detenerse en la esquina de las calles República de Brasil y República de Venezuela, en nuestro hermoseado Centro Histórico. Pues ahí, está, en el lado nororiente, el edificio que actualmente es la sede del Museo de la Medicina, donde hace 199 años cerró sus puertas la llamada ’Santa Inquisición’, la horrorizante institución que nos impusieron los españoles para sentenciar a quienes fueron considerados herejes, protestantes, hechiceros, practicantes del judaísmo, homosexuales o responsables de rebelión.
Resulta que en la lectura de algunos pasajes de nuestra historia, me encontré que el 5 de diciembre de 1732 un grupo de indios y españoles a las órdenes del arquitecto Pedro de Arrieta comenzó la construcción del edificio para juzgados, salas de audiencia y celdas del Santo Oficio de la Inquisición; los trabajos terminaron en 1736. La construcción fue conocida, en tiempos coloniales, como ’La Casa de la Esquina Chata’ que tenía celdas, cuyas medidas eran ’16 pasos de largo por 10 pasos de ancho’.
En el Palacio de la Inquisición a partir de 1842 quedó instalada la Escuela Nacional de Medicina, cuyo primer director se llamó Casimiro Liceaga y Quezada. En ese entonces la Escuela pertenecía a la Universidad de México, que en 1910 ya fue Nacional y más tarde, en el 29, Autónoma. En ese edificio terminaron sus estudios los médicos de la Generación 1956-1961 y los de la Generación 57-62 fueron los primeros en cursar los cinco años en las instalaciones de la Facultad, en Ciudad Universitaria. A esta última pertenecen Raúl M. Simancas y Pérez Cortés, Jorge Saavedra Fernández y Jorge Malouly Moisés, entre otros; Malouly nos dejó hace unos años.
Ya en terrenos de la Ciudad Universitaria, en 1960, el Consejo Universitario aprobó la creación de la Facultad de Medicina al frente de la cual estaba el doctor Raoul Ignacio Fournier Villada y él inaugura el Museo de la Medicina Mexicana, el 22 de diciembre de 1980, en el antiguo y colonial edificio del Centro Histórico de la Ciudad de México.
Según los cronistas de la época, Fray Juan de Zumárraga fue el primer inquisidor en la Nueva España, aunque la Corona Española designó a Pedro de Córdoba como primer inquisidor ’de todas las tierras descubiertas’ por españoles.
EL PRIMERO EN LA HOGUERA
La historia y la leyenda encierran muchos capítulos interesantes en el ejercicio del Santo Oficio, cuyos antecedentes datan de antes de que Hernán Cortés llegara a suelo azteca, desarrollando sus actividades en Europa desde 1480 cuando el catolicismo español introdujo la citada institución para ’esparcir la fe y la creencia para que los católicos tuvieran una verdadera fe’. La tarea a cumplir era la de convertir a los nativos al cristianismo, lo cual fue considerado como acción política como también se calificó a la inquisición.
Fray Juan de Zumárraga, también primer obispo de la Nueva España, al primero que persiguió y mandó a la hoguera era un ’Señor Azteca’ que aceptó convertirse católico y aceptó ser bautizado, imponiéndosele el nombre de Carlos, pero, el pero que nunca falta, Zumárraga lo acusó de que había vuelto a adorar a otros dioses. Lo encontraron culpable y el 30 de noviembre de 1539 moría entre las llamas.
Los mayas también sufrieron las persecuciones del Santo Oficio. Muchos sufrieron torturas, recibieron latigazos y la muerte. Sus Códices y libros se perdieron en el fuego. Para entonces el inquisidor Pedro Moya de Contreras, clasificado como de los más crueles, había fundado el Tribunal de la Fe. Otro que aparece en la historia de estos hechos, también conocido por ser un sujeto deshumanizado, fue Tomás de Torquemada, pariente de Fray Juan del mismo apellido.
HIDALGO Y MORELOS EN EL BANQUILLO
Se contaron por cientos los mexicanos y algunos migrantes que estuvieron en las garras de los inquisidores, cuyo fanatismo ’ajustició’ a no pocos inocentes, víctimas de intrigas, venganzas y calumnias. Hombres y mujeres terminaron su vida en una hoguera. Bueno, en forma sintetizada comento sobre los dos juicios más importantes por tratarse de los ilustres acusados: Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón, los curas que lucharon por la Independencia de México, que acabaron con la Nueva España y 302 años de dominio español ejercido por 62 virreyes.
Como sabemos, desde que terminamos la Educación Primaria, Miguel Hidalgo inició el movimiento independentista en septiembre de 1810 y después de perder, la Batalla de Puente de Calderón, en tierras jaliscienses emprendió su camino hacia el Norte del País y en Acatita de Bajan, Chihuahua, fue capturado y llevado a la capital de esa entidad, donde lo fusilaron y decapitaron, exhibiéndose su cabeza en el exterior de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato.
Al Padre de la Patria desde el año 1800 lo vigilaba el Santo Oficio de la Inquisición, recibiendo denuncias de los frailes Joaquín Huesca y Manuel Estrada, quienes lo acusaron de hereje, de expresarse mal de miembros de la iglesia, de leer libros prohibidos, de apelar a las leyes y a la ciencia ’antes que hacerlo hacia Dios y la fe’. Los inquisidores Ramón Casasús y José Luis Guzmán no coincidieron en criterios y dejaron abierto el expediente. Ya en plena marcha del movimiento independentista, el Tribunal de la Santa Inquisición le imputó a Hidalgo responsabilidad en ’53 crímenes en contra de la iglesia’.
Reunidos en Chihuahua, los juzgadores presididos por Francisco Fernández Valentín, sentenciaron el 27 de julio de 1811 al manifestar que el cura Hidalgo dejaba de serlo y ’se le depone de todos los beneficios y oficios eclesiásticos’. Tres días después el sacerdote nacido en Pénjamo, Guanajuato, fue fusilado. Recuérdese que también estuvo sujeto a juicio militar.
En el caso de El Siervo de la Nación la sentencia de pasarlo por las armas fue dictada el 20 de diciembre de 1815, lo cual se cumplió dos días después en el atrio de una parroquia de San Cristóbal Ecatepec, Estado de México. A José María Morelos y Pavón lo vendaron de los ojos, puesto de rodillas, con un crucifico en sus manos y de espaldas a sus ejecutores, fue acribillado la tarde del viernes 22 del mes y año citados. ’Señor, si he obrado bien, tú lo sabes, pero si he obrado mal, yo me acojo a tu infinita misericordia’, últimas palabras pronunciadas por quien nació en Valladolid, hoy Morelia, un 30 de septiembre.
Morelos fue acusado de 23 cargos, desde herejía hasta asesinato, pasando por traición a Dios, al rey, al Papa y perjudicar a la economía. Lo humillaron y sufrió tantas penalidades como Hidalgo. Morelos fue aprehendido tras de perder la Batalla de Tezmalaca, Puebla, el 5 de noviembre de 1815 y hasta ocho días más tarde lo trasladaron, encadenado, a la Capital del País. Su proceso en la Santa Inquisición se desarrolló sin presentar pruebas en su contra, pero todo estaba dispuesto para darle muerte. Ambos insurgentes fueron expulsados de la iglesia, a los dos se les acusó de rebelión y los dos quedaron excomulgados, aunque sigue la polémica sobre este punto porque la iglesia ha afirmado que nunca se les aplicó la excomunión.
LA MINISTRA NÚMERO 13
La tarde del jueves pasado 94 senadores decidieron que la regiomontana de 46 años de edad y egresada de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey Ana Margarita Ríos Farjat, sea la nueva ministra de la Suprema Corte de la Nación. Coincidencia: el 5 de diciembre de 2018 el Presidente de México la nombró directora del Servicio de Administración Tributaria, el SAT, y en la misma fecha pero en este 2019 recibe el nuevo encargo.
Ana Margarita es conocida en su natal Monterrey como ’abogada y poeta’. Ha sido profesora de Derecho en la Universidad Autónoma de Nuevo León y trabajó en el Poder Judicial Federal. De 1961 a la fecha sus antecesoras son: María Cristina Salmorán de Tamayo, Levier Ayala Manzo (murió al día siguiente de ser nombrada), Gloria León Orantes, Fausta Moreno Flores, Victoria Adato Green, Martha Chávez Padrón, Irma Cué Sarquis, Clementina Gil Guillén, María del Carmen Olga Sánchez Cordero, Margarita Beatriz Luna Ramos, Norma lucía Piña Hernández y Yasmín Esquivel Mossa. Las dos últimas están en funciones.
P.D. Para los aficionados a la fiesta brava, les comento que el 3 de diciembre de 1919, la Cámara de Diputados en una tormentosa sesión derogó la prohibición de las corridas de toros en la Ciudad de México, disposición que el presidente Venustiano Carranza decretó el 11 de octubre 1916 derivada de la campaña emprendida por el diario El Universal en contra de la fiesta taurina. El coso de El Toreo se abrió nuevamente hasta el mes de mayo de 1920 por órdenes del entonces gobernador del Distrito Federal, Manuel Gómez Noriega.
jherrerav@live.com.mx

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