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Abril 07, 2022 01:14 hrs.

Raúl De La Rosa › tabloiderevista.com

Política Nacional › México Ciudad de México


La política del Estado mexicano en Ciencia y Tecnología es el arte de vender lo que no existe
Hace dos años en la ciudad de Colima, capital del estado de Colima, un 22 o 23 de febrero del año 2020, fui invitado a una conferencia magistral a distancia de la Directora General del CONACYT, la Dra. María Elena Álvarez-Buylla Roces, ’Consolidación de las políticas en humanidades, ciencias y tecnologías 2019-2024’ en el marco del LXXX Aniversario de la Universidad de Colima. La Dra. Álvarez-Buylla dio datos del CONACYT que ya eran logros para lo que iba del año 2019, por ejemplo, que 116 mil mexicanas y mexicanos, más o menos, recibieron apoyo a través de becas o estímulos a la investigación.
Y a manera de "alago-justificación" a la Universidad anfitriona, y crítica al gobierno estatal, aseguró que el estado de Colima presentaba un rezago histórico en inversión en ciencia, tecnología e innovación y sugirió la creación un Centro Público de Investigación, CPI, del CONACYT en Colima.
El rector de la Universidad de Colima, Mtro. José Eduardo Hernández Nava, enfatizó que dicha Universidad ya colabora en la elaboración de propuestas para el entonces Anteproyecto de la Ley General de Ciencia, Tecnología e Innovación. Y el Lic. Jaime Flores Merlo, Secretario de Educación del gobierno de Colima, manifestó el respaldo del Ejecutivo estatal a la visión humanista en la educación superior, la ciencia y la tecnología, del Ejecutivo federal. Es decir, en dicha conferencia magistral/acto político hubo todo lo que mandata "lo políticamente correcto en México": discursos elocuentes, frases reflexivas, datos duros e interpretaciones sesgadas de los mismos, citas textuales, informar de estadísticas de mejora y crecimiento subjetivos, reconocimiento de lo erróneamente obvio y promesas de mejoría... Y también, como siempre, antes del evento y después del evento, no hubo y no hay patentes, desarrolladas y/o gestionadas en la Universidad de Colima o en el estado de Colima. Y ese es el tradicional camino de los gobiernos del Estado mexicano (federales, estatales y municipales): desarrollar el arte de vender lo que no existe. Y no porque no se esté haciendo nada, sino porque como en aquella vieja película del año de 1999, "La Ley de Herodes", cuyo presidente municipal, para ilusionar y convencer a la población de que por fin tendrían luz eléctrica, hace una ceremonia cívica para colocar un poste de electricidad, que representaba el inicio de una gran obra de desarrollo socioeconómico del pueblo, que nunca se hizo; ahora el CONACYT repite lo que e sexenios anteriores: un creativo aparato público para administrar el desarrollo de las Ciencias y las Tecnologías, que surge cada 6 años (o tres en el caso de las municipalidades), que permite surja de vez en vez una chispita que nos mantiene la ilusión de que es posible llegar a tener un desarrollo sustentable.
Colima, en el Ranking Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2013, del Foro Consultivo Científico y Tecnológico, A.C. (FCCyT, ese que hoy está peleadísimo con la Dra. Álvarez-Buylla) presentó que Colima ocupó el lugar 11° entre los 32 que recibieron recursos públicos y privados (casi 99% de recursos económicos son públicos en Colima) para Ciencia y Tecnología. Para el año 2019, no tuvo varianza significativa. Igual sucedió con Campeche que ocupó y ocupa el lugar 32°. Es decir, si bien la falta de inversión pública en apoyo a la Ciencia y Tecnología es escasa, también es cierto que quien menos invierte en ello es el sector privado de México, y los gobiernos estatales y municipales. Y eso no se dijo. Tampoco se dijo que no ha habido ni hay ningún proyecto que contemple obtener de manera sostenida 40 patentes anuales de investigaciones y/o innovaciones desarrolladas en las entidades federativas de México.
A partir del diagnóstico que el CONACYT del actual Ejecutivo federal llevó a cabo (y que es imposible no coincidir con él) para elaborar las nuevas políticas de Estado en materia de ciencia, tecnología e innovación, en realidad su única aportación fue que: ’es muy importante el rigor científico, el avance tecnológico de vanguardia, pero éste pierde sentido si no se hace con una visión profundamente humanística’. Aunque eso implica la enorme posibilidad de tergiversación conceptual, destacaré en lo que sí coincido con el diagnóstico del CONACYT y su Plan 2019-2024, que también es lo obvio: no hay el recurso necesario, pero del disponible usado, se ha venido usando para todo, menos para potenciar la Ciencia, Tecnología e Innovación en México.
Y tomó como ejemplo obvio el fenómeno de la migración mexicana altamente calificada (fuga de cerebros) pues representa uno de los mayores espejismos del "arte de vender lo que no existe". El estudio elaborado por la UNESCO y el CONACYT del 2015, ratificó lo que todas y todos sabíamos, el dato de que para ese momento ya existían más de 300 mil posgraduados, hombres y mujeres, de origen mexicano, formados con recursos públicos mexicanos, pero que estaban residiendo en EEUU. Además, según diversas estimaciones, en promedio, la ’fuga de cerebros’ le ha costado a México más de 211 mil millones de pesos, del año 1971 al 2011.
La Ciencia, Tecnología e Innovación ha sido de todo en México, desde adorno estético en los Planes de Desarrollo Nacionales, Estatales y Municipales, hasta bien mercantil supeditado a las lógicas del mercado internacional. En ambos casos se generaron líneas de valor pero no para México y su biodiversidad, sino para los países del G-7... y para "la eterna casta divina" que presidente tras presidente de la República, gobernador tras gobernador y presidente municipal tras presidente municipal, busca ser eterna en México. ¿Por qué afirmo ello? Por los datos que todas y todos conocemos año con año. Tan sólo los del período 2013-2018, publicados por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), nos demuestran que el CONACYT transfirió más de 35 mil millones de pesos al sector privado mexicano; poco más de la mitad fueron a través del Programa de Estímulos a la Innovación (PEI). Y aquí viene, como siempre, "el arte de vender lo que no existe": México subió 7 lugares en el Indicador de Inversión en Innovación, pero descendió 16 lugares en el Indicador de Eficiencia en Innovación. Es decir, en México a mayor inversión de recursos públicos para el desarrollo de la Ciencia, Tecnología e Innovación, menos Ciencia, Tecnología e Innovación. ¿¡Por qué!?... Ese surrealismo es algo muy mexicano: que al desarrollar el arte de vender lo que no existe, sentenciemos a "las castas divinas" y al pueblo mexicano a la absoluta dependencia de los EEUU.
La Innovación en las empresas mexicanas, financiada desde el gobierno, no nada más se fue a las cuentas bancarias de "la casta divina", sino que, como decimos en mi pueblo, "nos salió el tiro por la culta". Y eso también nos dice algo atroz: que en México el problema del desarrollo Científico, Tecnológico y de Innovación, no es la falta de financiación, ni la falta de formación de recursos humanos altamente capacitados, al menos no es lo determinante. ¿Estamos ante un "agujero negro" sociológico?
En las siguientes entregas seguiremos intentando dilucidar eso.

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