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Marzo 12, 2024 22:15 hrs.

Armando Ríos Ruiz › tabloiderevista.com

Periodismo ›


Los intentos de representantes de la iglesia para frenar la violencia en Guerrero, están destinados al fracaso. Lo mismo que los que realizan otros religiosos que también se han mostrado dispuestos a la intermediación con el mismo fin, en Celaya, Querétaro y Saltillo. En esta ocasión no lo dijo. Pero al Presidente le cayó como anillo al dedo esa buena disposición.

De esta manera, contribuyen sin haberlo pensado, con la continuidad de las acciones delictivas y obviamente violentas, de las bandas diseminadas en todo el territorio nacional, toda vez que no permitirían por nada del mundo comprometerse a portarse bien, porque la esencia de sus actividades radica exactamente en lo contrario. Se lo exige, porque viven en un mundo de competencia profunda, en el que el aniquilamiento del enemigo resulta imperioso.

Contribuyen a su desarrollo, porque el Primer Mandatario ve la oportunidad de desligarse de este asunto bastante grave, mientras otros se encargan de resolverlo. El arma de los religiosos es el convencimiento en un terreno completamente yermo. Infértil, en el que obviamente se necesita la fuerza del Estado para combatirlo hasta sus últimas consecuencias.

Y es precisamente el Estado, en manos de alguien que ofrece la imagen de cómplice, el que se niega a emplear los medios para acabar con ese cáncer. Su máximo representante lo ha dicho una y mil veces desde el inicio de la presente administración, en la que inventó la medida de abrazos para los malos: que no cambiará por nada y que más que funcionar, ha agudizado el problema a límites intolerables, que cada día resienten más los mexicanos.

Más tardaron los curas en Guerrero en dar a conocer su intención y algunos pormenores de su reunión con los líderes de diversas organizaciones, que en aparecer muertos en diversas zonas, en donde no existe la mínima voluntad política de llevar una solución y por el contrario, hay clarísimos visos de contubernio de las hordas de criminales con el gobierno.

No podría pensarse de otro modo, toda vez que abundan los indicios, como los ofrecidos por la misma persona que desempeña el papel de gobernadora, incapaz de meter las manos, por más que dice que gobierna para los guerrerenses. Una mentira evidente, porque los mismos habitantes del estado han sostenido que gobierna la delincuencia.

Es la que impone nuevas normas, como los cobros de piso y otras peticiones. Con la modalidad reciente del control de precios de diversas mercancías, con sobreprecios para que alcance para todos.

Como los ofrecidos por Norma Otilia Hernández, alcaldesa de Chilpancingo, quien fue captada en un restaurante con uno de los líderes de Los Ardillos y pretextó que no sabía de quién se trataba. Aunque después se conocieron sus acuerdos, que consisten en un permiso para cometer todas las fechorías en contra de la población a la que asesinan por incumplimiento a sus exigencias.
Y si esto ocurre en Guerrero, lo mismo se reproduce en todas las entidades del país en donde hay criminales. Acordar la paz con los curas es simplemente imposible. Los rencores que derivan en las venganzas más crueles que la imaginación pueda percibir y que no es posible imitar siquiera en lo que se cuenta entre amigos o en una película, son perturbadores cuando los hemos visto casualmente en las redes sociales.
Son nauseabundas.

Perseguir a la delincuencia es tarea del Estado. No de ningún otro núcleo de la sociedad. Pero, insistimos, éeste se niega a abandonar la burla de abrazarlos para dizque arrancar la raíz que la origina. Cuentos chinos de un contador de cuentos burdos e inverosímiles, obligado a hacerse de la vista gorda ante su presencia, que motiva la sospecha de una alianza muy añeja.

Desde luego, la intención es buena como desesperada, pero no es la solución. Esta requiere de acciones contundentes. Pero no hay voluntad. Peor que eso, existe una animadversión perversa que obliga al Primer Mandatario a repetir en todas partes y todo el tiempo, que no cambiará su decisión.
ariosruiz@gmail.com

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Sacerdotes, como anillo al dedo

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